Sobre la pluma: Claudia Anaya es senadora de la República de origen zacatecano
En política, una elección nunca esta decidida hasta el momento en que la ciudadanía acude a las urnas. En los años recientes, la narrativa predominante es que MORENA creció de manera tan rápida hasta llegar a convertirse en la primera fuerza política nacional, que sus militantes y dirigencias han pretendido que se crea que tienen mayoritaria e incondicionalmente, el “apoyo del pueblo”, convirtiéndolos en un partido prácticamente invencible, capaz de imponerse en la mayoría de los procesos electorales gracias a su enorme respaldo popular, su presencia territorial y la fortaleza que le otorga ejercer el poder desde el gobierno federal, pero Coahuila ofrece una reflexión distinta y profundamente relevante para la salud democrática del país: ningún partido es invencible.
Más allá de los números finales y de las controversias que eventualmente puedan presentarse ante los tribunales electorales, el resultado envía un mensaje que merece ser analizado. Vivimos una época donde MORENA ha construido un poder hemegómico, donde sus mayorías en las Cámaras Legislativas (en algunas de ellas construidas no a partir de voto, sino a partir de negociaciones internas), Coahuila demuestra que las elecciones continúan siendo espacios auténticos de competencia donde los resultados no están escritos de antemano.
Durante décadas, la izquierda que hoy gobierna, fundamentó su lucha en construir instituciones capaces de garantizar que el voto contara y que las alternancias fueran posibles. El gran avance democrático de nuestro país no consiste en que un partido determinado gane o pierda, sino en que exista la posibilidad real de que cualquier fuerza política pueda ser derrotada cuando los ciudadanos así lo decidan. Esa es, precisamente, la esencia de la democracia.
La elección coahuilense parece recordarnos algo que en ocasiones se olvida en medio de la polarización política: los gobiernos no reciben cheques en blanco. La legitimidad que otorgan las urnas debe renovarse permanentemente. Los triunfos del pasado no garantizan los del futuro, y el respaldo popular, por amplio que parezca, siempre está sujeto a la evaluación cotidiana y local de los ciudadanos.
Es muy probable que el proceso electoral termine judicializándose, así lo ha anunciado la dirigencia del partido en el poder. Hago votos porque la legalidad impere y quienes tienen la responsabilidad de emitir un juicio al respecto, lo hagan evaluando de manera objetiva cada señalamiento y puedan devolver la confianza en nuestras instituciones electorales y que quienes tienen esa responsabilidad, distingan entre la arena jurídica y la arena política.
Los tribunales deberán resolver conforme a las pruebas y al derecho, pero independientemente de cuál sea el desenlace, existe una realidad política difícil de ignorar: una parte significativa del electorado decidió respaldar una opción distinta a la del partido gobernante. Esa expresión ciudadana, por sí misma, ya constituye un dato relevante para entender el momento político que vive el país.
Lo más valiosos de esta elección, es que muestra que la competencia democrática sigue viva, que los la política de “likes” y “trolls” que tratan de inundar las redes con su narrativa triunfalista y definitoria, tratando de imponer la idea de un solo partido dominante, ha chocado con la realidad. Durante mucho tiempo, la ciudadanía padeció sistemas políticos donde los resultados parecían inevitables. Hoy, aun con todos los desafíos que enfrenta nuestra democracia, las urnas siguen teniendo la capacidad de sorprender, corregir expectativas y modificar narrativas.
Lejos de interpretarse como una derrota para unos o una victoria definitiva para otros, lo ocurrido en Coahuila es una buena noticia para todos los ciudadanos. Una democracia sana necesita gobiernos fuertes, pero también oposiciones competitivas. Necesita mayorías que gobiernen, pero también minorías capaces de convertirse en mayoría mediante el convencimiento ciudadano. Necesita, en suma, que exista incertidumbre electoral.
Una democracia sana, ofrece la posibilidad institucional y real de la alternancia, porque ello permite la posibilidad permanente de exigir mejores gobiernos, corregir rumbos y construir un país más plural. La verdadera victoria no pertenece a un partido u otro; pertenece a la certeza de que, en una democracia viva, nadie gana para siempre y nadie está condenado a perder eternamente.