Sobre la pluma: Pilar Pino Acevedo es economista por la UAZ, feminista, fundadora, directora y columnista de la revista Tlali Nantli (https://revistatlalinantli.com/)
El domingo 7 de junio, Coahuila confirmó lo que ya sabíamos: el PRI sigue siendo imbatible en su último bastión. Con el 55% de los votos y los 16 distritos en su poder, la alianza PRI-UDC barrió a Morena-PT de una manera que pocos esperaban tan contundente. La participación ciudadana llegó al 51%, la más alta en elecciones intermedias del estado en años recientes. Fue una victoria real, sólida, legítima.
Y ahí está el problema: en cómo se está leyendo.
Porque lo que ocurrió en Coahuila no es una señal del campo de batalla nacional. Es la foto de un estado que no ha conocido alternancia desde 1929, donde el priismo coahuilense ha construido durante décadas una maquinaria política, una identidad de gobierno y, hay que decirlo, una gestión que amplios sectores de la ciudadanía evalúan favorablemente. El gobernador Manolo Jiménez lo dijo con claridad: el triunfo se debe al trabajo territorial y a la evaluación ciudadana de sus gobiernos. No lo dijo como modestia, lo dijo como descripción precisa de la realidad.
Que Alito Moreno haya salido a proclamar que esto «fortalece al PRI rumbo a 2027» revela exactamente el tipo de lectura que puede costar caro. Confundir el bastión con la tendencia es uno de los errores más clásicos de la política mexicana.
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El malestar ciudadano existe. Es real y es profundo. El hartazgo frente a la corrupción, los excesos del poder, los señalamientos de nexos con el crimen organizado —que no son exclusivos de Morena, sino una mancha que salpica a prácticamente todos los partidos— genera un caldo de cultivo que la oposición observa con esperanza. Pero el enojo no vota solo. El enojo necesita una dirección, una propuesta, un rostro en el que reconocerse.
Morena, mientras tanto, no está quieta. Tiene el aparato estatal, los programas sociales que llegan directamente al bolsillo y la vida cotidiana de millones, y un líder moral que —pese a su retiro formal— sigue siendo amado con una intensidad que sus adversarios no terminan de dimensionar. Eso no se derrota con descalificaciones ni con campañas construidas únicamente sobre el desprestigio del contrario.
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El caso de Zacatecas ilustra bien la diferencia entre condiciones favorables y victoria garantizada. Ahí sí hay elementos que hacen competitiva la disputa: un gobernador que con su descuido y malas prácticas construyó él solo la coalición de sus adversarios, y una figura opositora de la talla de Fito Bonilla con arraigo y credibilidad real. Las condiciones objetivas existen.
Pero si Morena decide no entregar ese estado sin pelear y coloca un candidato competitivo —alguien como Ulises Mejía, por ejemplo— la historia cambia. Porque en Zacatecas el desafío no es solo ganarle a Morena: es ganarle al Monrealismo, al menos al de David. El de Ricardo es otro capítulo, con sus propias complejidades y lealtades.
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El triunfo en Coahuila merece celebrarse, sí. Pero merece celebrarse por lo que es: una expresión del priismo coahuilense que ha sabido gobernar y mantenerse vigente en su propio territorio. No es el renacimiento del PRI nacional. No es el presagio de 2027. No es todavía nada más que eso.
La oposición tiene trabajo por delante, y ese trabajo no se resuelve con euforia post-electoral ni con la narrativa del voto de castigo como estrategia suficiente. Los ciudadanos que están hartos necesitan algo más que un lugar adónde ir a votar contra algo. Necesitan una razón para votar a favor de algo.
Y entonces surge la pregunta que nadie en la oposición parece estar respondiendo con claridad todavía:
¿Cuál es ese discurso propio, esa oferta política renovada, con la que la oposición pueda interpelar a la ciudadanía más allá del hartazgo y construir una mayoría real en 2027?