La oposición se mueve… pero ¿hacia dónde?

Por Alejandro Bonet

A menos de diez meses de las elecciones del 6 de junio de 2027, la oposición mexicana enfrenta un dilema que va más allá de las candidaturas y las alianzas. Se trata de una pregunta de fondo: ¿existe todavía una oposición capaz de articular un proyecto de país, o solo un conjunto de partidos que compiten entre sí por el segundo lugar? Ese día se renovarán 17 gubernaturas, la Cámara de Diputados y miles de cargos locales. Será la primera gran prueba de fuerza del sexenio de Claudia Sheinbaum y, al mismo tiempo, el momento en que se medirá si la oposición aprendió algo de sus derrotas recientes o si sigue atrapada en la lógica de la sobrevivencia.

El mapa actual es de dispersión. El PRI, bajo el liderazgo de Alejandro Moreno, empuja con insistencia una coalición amplia. Su argumento es aritmético y político: solo sumando fuerzas se puede disputar el terreno a Morena y sus aliados. Moreno ha convertido esa idea en su bandera, aunque el costo ha sido alto. Su estilo confrontativo —las acusaciones de “narcopolítica”, los choques con el INE y la búsqueda de eco internacional— mantiene viva la crítica, pero también refuerza la percepción de un partido anclado en la agresividad más que en la construcción de alternativas. El PRI necesita demostrarse relevante; la gran alianza es, para él, una vía de supervivencia. El problema de fondo es que resulta complicado erigirse en brújula moral cuando se cargan múltiples carpetas de investigación en Campeche. La autoridad ética no se decreta: se construye, y en el caso de Alito esa construcción sigue siendo un terreno minado.

El PAN vive una tensión más compleja. Desde octubre de 2025, Jorge Romero fijó una posición clara: no más alianzas con el PRI. La decisión respondía a un diagnóstico interno: la marca panista se había diluido en el llamado PRIAN y era necesario recuperar identidad. El problema es que la identidad no gana elecciones por sí sola. En estados como Nuevo León, Chihuahua, Sonora y Zacatecas, las estructuras locales advierten que ir solos equivale a regalar el triunfo. En Nuevo León ya se discuten abiertamente esquemas de apoyo a figuras priistas. En septiembre, el Consejo Nacional del PAN podría autorizar un mecanismo de alianzas estatales mediadas por encuestas. Es decir, el principio nacional se vuelve flexible cuando el pragmatismo territorial pesa más. Esta contradicción no es menor: revela que el PAN aún no resuelve si quiere ser un partido de principios o una máquina electoral eficaz.

Movimiento Ciudadano mantiene su apuesta por la tercera vía. Jorge Álvarez Máynez insiste en no sumarse ni al oficialismo ni al bloque opositor tradicional. La estrategia tiene coherencia discursiva —presentarse como una opción distinta a la “vieja política”—, pero también límites evidentes. En la mayoría de las entidades, MC no cuenta con la estructura ni el voto suficiente para competir en solitario por gubernaturas. Su espacio es real, pero reducido. La pregunta es si esa pureza estratégica le permitirá crecer o lo condenará a ser una fuerza testimonial.

A este escenario se suman dos actores nuevos que reconfiguran el tablero. Somos México, nacido de la Marea Rosa y dirigido por Guadalupe Acosta Naranjo, obtuvo su registro en junio. Se presenta como una fuerza progresista y ciudadana, con un discurso más centrado en la defensa de instituciones y derechos que en el choque frontal. Acosta Naranjo ha dejado abierta la posibilidad de respaldar candidaturas ciudadanas en estados de crisis institucional, como Michoacán. Su mirada, sin embargo, está puesta más en 2030 que en 2027: busca consolidar una base y convertirse en pieza de una eventual gran alianza futura. El otro nuevo jugador es el Partido PAZ, que acaba de elegir como dirigente a Hugo Eric Flores. Con raíces en el viejo PES, PAZ se apresuró a declarar que no será satélite de Morena. Su aparición añade otra variable: puede restar votos aquí, negociar allá o simplemente diluir aún más el espectro opositor.

El resultado de esta configuración es previsible. Mientras Morena y sus aliados llegan a 2027 con una estructura territorial consolidada y el mayor financiamiento público —alrededor de 3 mil 600 millones de pesos—, la oposición llega dividida, con nuevos partidos que dispersan el voto y con tensiones internas que aún no se resuelven. La fragmentación no es un accidente: es el producto de cálculos de corto plazo, de rencores acumulados y de la dificultad para construir un proyecto común más allá del rechazo a la 4T.

Hay, sin embargo, una paradoja interesante. En varios estados la lógica local ya está forzando lo que el discurso nacional niega. Las alianzas no se están construyendo desde las cúpulas, sino desde abajo, por necesidad. Eso puede terminar siendo más sólido que un pacto impuesto desde el centro. También es cierto que la agresividad del PRI, aunque desgaste su imagen, mantiene vivo el debate sobre los límites del poder y la rendición de cuentas, un tema que el oficialismo preferiría bajar de intensidad. Pero esa misma agresividad se vuelve menos persuasiva cuando quien la encabeza arrastra su propio historial de señalamientos.

La pregunta de fondo no es si la oposición se está reacomodando. Claro que lo está haciendo. La pregunta es si ese reacomodo apunta a ganar o simplemente a sobrevivir con dignidad. Hasta ahora, los movimientos parecen más reactivos que estratégicos. Se discuten alianzas, se pelean con el INE, se destapan precandidatos y se lanzan acusaciones. Falta, todavía, un relato común sobre qué tipo de país proponen después de siete años de transformación. Y falta, sobre todo, liderazgo con autoridad moral suficiente para sostener ese relato.

2027 será, en buena medida, el referéndum sobre esa incapacidad. Si la oposición llega dividida, Morena no necesitará un gran esfuerzo para ampliar su mapa territorial. Si, por el contrario, las presiones locales logran imponer cierta unidad pragmática, el escenario podría volverse más competitivo de lo que hoy parece. El tiempo apremia. Quedan menos de diez meses para que las definiciones dejen de ser discursos y se conviertan en candidaturas, coaliciones y estrategias reales.

La oposición se mueve, sí. El problema es que todavía no termina de decidir hacia dónde. Y en política, moverse sin dirección clara —y sin brújulas morales creíbles— suele terminar en el mismo lugar: en la periferia del poder.

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