Para sentar las bases de lo que el actual grupo político en el poder llama la Cuarta Transformación, se necesita mucho más que buenas intenciones. El pasado jueves el Instituto Nacional de Estadística, Geografía e Informática (INEGI) confirmó lo que las calificadoras, el Banco de México y analistas preveían; la economía mexicana se estancó al registrar un enclenque crecimiento del 0.1 por ciento en el primer año de la administración de López Obrador.
Los factores que influyeron para certificar los pronósticos negativos -coinciden expertos-, son la caída de las actividades económicas del sector secundario (industria), la caída de la inversión pública, la disminución en la confianza de los inversionistas y la debilidad externa.
Abordemos aquí, el factor que es más fácil de controlar por la administración actual: La caída de la inversión pública
Y es que si bien es cierto que el Presidente defendió su estrategia económica con el argumento de que “él tiene otros datos” y que el país va por buen camino, porque se planea el desarrollo a través la promoción de infraestructura en las zonas más marginadas de México (el Tren Maya, por ejemplo), y más importante, el gasto improductivo(Georges Bataille, dixit) de subsidiar la pobreza, avalan la sospecha que no hay un proyecto que clarifique el rumbo del país.
En ese tenor, en el Plan Nacional de Desarrollo 2018-2024, la columna vertebral de la política pública de la actual administración, no se basa en la promoción de la inversión productiva.
La centralización del gasto que se reflejó en el presupuesto 2019 y que se proyecta para 2020, dejó de manos atadas a las entidades federativas. Los estados han sufrido recortes que impiden grandes inversiones en obra pública, rubro que por sexenios había sido un escaparate a través del cual mantenían a flote la actividad económica del país y al no haberla, no hay efectos multiplicadores ni la generación de empleos.
Y solo basta checar las cifras de la actividad económica en los estados, en el nuestro los recortes presupuestales han impactado en las dinámicas económicas de la industria de la construcción lo que ha derivado en bajo crecimiento, como el mismo INEGI documentó en los últimos dos trimestres del año que pasó.
Y no es por hacerles el caldo gordo a los oportunistas que defienden sus intereses políticos en los partidos de oposición, y que a la postre, solo atacan pero no proponen. Al reducir los presupuestos estatales para concentrarlos en programas sociales, las entidades perdieron funcionalidad al incapacitarlas para generar programas y servicios que al final terminen impactando de forma positiva a todos los estratos de la población.
Y no es una cuestión de obligar a trabajos forzados al sistema neuronal para coincidir en que carecemos de una estrategia clara de desarrollo que realmente ancle las bases de una economía fuerte y una distribución más justa y equitativa del ingreso con la mira puesta en el largo plazo.
Y es que la debilidad de su política de gasto empieza a dar visos de que se perfila para ser un rotundo fracaso en su búsqueda por paliar la pobreza en la que viven millones de mexicanos.
El proverbio chino de que si regalas un pescado a un hombre, lo alimentarás un día, pero, que, si lo enseñas a pescar, lo alimentarás el resto de su vida, parece no ser aplicable en la 4T.
En ese sentido, si bien es cierto que hay grupos que sí merecen ser subsidiados, el recurso que se obtiene de los impuestos de todos no debe ser dilapidado sin planear objetivos más allá de incrementar el consumo de las clases precarizadas. La entrega de recursos públicos sin fines productivos no es una idea que se puede sostener en el tiempo, máxime, cuando sigue sin ampliarse la captación fiscal.
En ese tenor, lo que el gobierno planea gastar, al menos en 2020 no se empata con el ingreso, ya que, al estancarse la economía no hay manera de aumentar la carga fiscal y al número de contribuyentes, de ahí que a los cautivos se les cargue la mano.
La idea del actual gobierno de entregar subsidios a diestra y siniestra sin antes garantizar finanzas sanas, mayor captación fiscal, pese a que lleva implícita una idea justa de acabar con la marcada desigualdad que pervive en el país, no tiene bases económicas que garanticen su éxito transexenal.
Y no es que esté en contra de una política social que contribuya a dispersar el dinero de nuestros impuestos entre los que menos tienen, el problema surge cuando se gasta más de lo que se tiene, en rubro de escaso efecto multiplicador.
Coincido con el Presidente cuando habla de subsidiar la educación para los alumnos en marginación ya que incentivar ese rubro si puede arrancar de la pobreza a los jóvenes, pero no es posible que la política económica se subyugue a la política social.
Por lo pronto, analistas coinciden en que el panorama económico en 2020 no luce nada alentador, y no es por ser pesimista, pero coincido con ellos.