Sobre la pluma: Alejandro Bonet Ordóñez es coordinador de El camino de México, plataforma política de Marcelo Ebrard en Zacatecas
Andrés Manuel López Obrador y Claudia Sheinbaum representan dos momentos distintos de un mismo proyecto. Uno fue el fundador que abrió el camino y cambió el tablero político del país. La otra es la presidenta que tiene la tarea de consolidarlo, administrarlo y hacerlo perdurable. Dos años después de haber asumido el cargo, lo que se observa no es una ruptura, sino una evolución natural: la 4T pasa de la etapa de conquista a la etapa de construcción.
La continuidad es profunda y deliberada. Los programas sociales siguen siendo el eje de la política pública y de la legitimidad del gobierno. La idea de poner al pueblo en el centro, la recuperación del Estado como actor económico y la prioridad de los más necesitados se mantienen firmes. Sheinbaum no ha renunciado al diagnóstico de fondo ni al horizonte transformador que heredó. En ese sentido, el proyecto sigue siendo el mismo.
Lo que cambia es el método y el estilo. Y eso, lejos de ser una debilidad, puede leerse como una fortaleza.
En materia de seguridad, Sheinbaum ha optado por una estrategia más proactiva y orientada a resultados medibles. La reducción significativa en el promedio diario de homicidios dolosos, la detención de objetivos prioritarios y una coordinación más estrecha con Estados Unidos en temas de frontera y crimen organizado reflejan un enfoque que busca traducir la voluntad política en indicadores concretos. No se trata de abandonar la visión humanista, sino de complementarla con mayor capacidad operativa. Es una adaptación a las exigencias de un problema que sigue siendo estructural.
En el sector energético se observa un tono más realista y de largo plazo. El nuevo plan de desarrollo de hidrocarburos a 15 años plantea metas alcanzables, reconoce la necesidad de inversión y deja espacio para esquemas de asociación que fortalezcan a Pemex sin renunciar al control del Estado. Es una visión que busca hacer viable financieramente lo que en la etapa anterior se planteó con un fuerte componente simbólico y de soberanía. La continuidad está en el objetivo: un sector energético al servicio del interés nacional. La diferencia está en la ruta para lograrlo.
El estilo de comunicación también ha evolucionado. Sheinbaum ha preferido un tono más sobrio, centrado en datos, recorridos de rendición de cuentas y mensajes de “honestidad y resultados”. Donde AMLO apostó por la pedagogía diaria y la confrontación como herramienta de cohesión, ella apuesta por la contención y la demostración. Este cambio no elimina la identidad del movimiento; la adapta a un momento en el que la ciudadanía también valora la estabilidad y la eficacia. La plaza sigue siendo importante, pero el tablero de gestión gana peso.
En la relación con la inversión privada se percibe un pragmatismo mayor. Sin abandonar la crítica a los excesos del modelo neoliberal, el gobierno actual ha abierto más espacio al diálogo con sectores productivos y ha puesto mayor énfasis en el _nearshoring_ y el crecimiento económico como bases para sostener la política social. Es una lectura madura: los programas de bienestar requieren una economía que genere recursos de manera sostenida.
Estas diferencias no surgen de un afán de diferenciación gratuita. Responden a una necesidad política y de gobierno. Sheinbaum necesita construir su propio capital de resultados de cara a las elecciones de 2027, las primeras grandes contiendas sin la figura tutelar de López Obrador. Al mismo tiempo, el contexto internacional —particularmente la relación con Estados Unidos— exige capacidad de negociación y pragmatismo. Gobernar no es solo mantener el relato; es también administrar la complejidad.
Lejos de debilitar el proyecto, esta evolución puede fortalecerlo. Todo movimiento político que aspira a perdurar atraviesa una fase fundacional y una fase de consolidación. La primera requiere carisma, confrontación y desplazamiento del orden anterior. La segunda requiere método, resultados y capacidad de adaptación. Sheinbaum parece entender que su papel histórico no es repetir el estilo de su predecesor, sino demostrar que el proyecto puede gobernar con eficacia más allá del impulso original.
El riesgo, como en toda transición, está en el equilibrio. Debe cuidar que los cambios de método no se interpreten como abandono de principios. Pero hasta ahora ha logrado mantener la lealtad de la base mientras introduce ajustes que buscan hacer más viable el modelo.
Al final, lo que está en juego no es una disputa de legados, sino la posibilidad de que la transformación iniciada en 2018 se convierta en un ciclo político de larga duración. López Obrador cambió la correlación de fuerzas y devolvió centralidad al Estado. Sheinbaum tiene la oportunidad de demostrar que ese cambio puede traducirse en mejores resultados cotidianos para la gente: menos violencia, mejores servicios, una economía más sólida y un gobierno que rinda cuentas con hechos.
La historia de los grandes proyectos políticos suele recompensar no solo a quienes los inician, sino a quienes logran hacerlos funcionar en el tiempo. En ese sentido, el estilo de Claudia Sheinbaum no compite con el de Andrés Manuel López Obrador: lo complementa. Uno abrió la puerta. La otra está tratando de amueblar la casa para que sea habitable durante mucho tiempo.