Sobre la pluma: Alejandro Bonet Ordóñez es coordinador de El camino de México, plataforma política de Marcelo Ebrard en Zacatecas
En el corazón de Tenochtitlán, México se pone la camiseta de inversionista. Ayer, 4 de febrero de 2026, el Museo Nacional de Antropología se convirtió en escenario de un pacto silencioso pero firme: la Primera Reunión Nacional de Promoción de Inversiones. Allí, la presidenta Claudia Sheinbaum y Marcelo Ebrard, secretario de Economía, reunieron a más de mil empresarios con un solo mensaje: México no pide más tiempo, entrega resultados.
El número que más resonó fue el portafolio de inversión privada para el 2026: 406,800 millones de dólares. Diez por ciento más que lo planeado hace un año. 2,539 proyectos listos para ejecutar, que –según Ebrard– sumarán 1,630,000 empleos antes de 2030.
No son cifras infladas; vienen con hoja de ruta, plazos y, sobre todo, confianza. Esa confianza nace del Plan México, el esquema que Sheinbaum heredó y amplió: inversión pública y privada entrelazadas en infraestructura clave. Energía renovable para no depender del gas caro, autopistas que conectan el sur olvidado con el norte dinámico, aeropuertos que al fin despegan sin burocracia, hospitales que dejan de ser promesas y escuelas con banda ancha para que ningún chico se quede fuera.
En febrero –anunció la mandataria– desgranarán más fases; no es campaña, es ejecución. Pero la novedad que casi nadie destaca es el músculo femenino detrás. Treinta y dos mujeres encabezan los comités estatales de promoción de inversiones. No son invitadas de cortesía: coordinan, negocian, cierran tratos. Desde Baja California hasta Yucatán, cada entidad tiene a su líder que ya no pide audiencia, la otorga.
Ese detalle dice mucho: el cambio no es solo de nombre, es de método. Sheinbaum lo dejó claro al agradecerles: «Ustedes son la certeza que México necesita». Marcelo Ebrard, más técnico, desglosó cómo el peso estable y la inversión extranjera directa récord del 2025 –casi 40,000 millones en doce meses– sirven de colchón para que el privado se anime. «No hay miedo al tipo de cambio, no hay miedo al litigio», dijo, y el auditorio aplaudió porque sabe que cuando el gobierno quita obstáculos, el empresario corre.
Así que no, esto no es optimismo barato. Es un país que, después de años de promesas flotantes, pone ladrillo encima de ladrillo. 406,800 millones no se materializan solos: requieren ingenieros que trabajen turnos, bancos que presten, gobiernos locales que no cobren mordida. Y ese equilibrio ya está.
Para el lector que hoy abre el periódico con escepticismo, un dato final: el 10% de aumento en el portafolio no vino de discursos, vino de reuniones como la de ayer. Empresarios escuchando, presidenta escuchando, Ebrard traduciendo números a futuro. El resultado: un México que deja de esperar y empieza a construir. Y si el 2026 arranca con esa cifra sobre la mesa, imaginen el 2027.