Sobre la pluma: Antonio Valentín Argüelles Rivera es un abogado especialista en Sistema Acusatorio Adversarial y ex candidato a magistrado de circuito en Zacatecas
Carlos Manzo pagó caro por denunciar los asesinatos de líderes sociales en Michoacán y la colusión del Estado mexicano con la delincuencia organizada. Gobernaba Uruapan con chaleco antibalas, consciente de que el crimen había infiltrado los tres órdenes de gobierno. Pese a las medidas de seguridad, le arrebataron la vida. Su voz, clara y valiente, puso el dedo en la llaga: dijo lo que todos pensamos pero pocos nos atrevemos a señalar.
El asesinato de Manzo y la forma en que el gobierno federal ha manejado el caso han profundizado la desconfianza ciudadana. La percepción de corrupción y vínculos con la delincuencia alcanza al régimen, al partido y a la administración de Claudia Sheinbaum.
Cada presidente enfrenta un punto de quiebre que define su liderazgo. Salinas cargó con la muerte de Colosio; Zedillo, con la crisis de 1995; Fox, con un sexenio marcado por la improvisación; Calderón, con la muerte de Mouriño; Peña Nieto, con Ayotzinapa y la Casa Blanca; López Obrador, con la pandemia de COVID.
Hoy, en 2025, a Sheinbaum le explotan en las manos los problemas heredados de su padre político. Cuatro destacan:
– La relación con Washington en materia económica y de seguridad, bajo la presión de informes sobre la infiltración criminal en la clase política.
– El huachicol fiscal y la implicación de altos mandos de la Marina, junto a empresas y funcionarios ligados a su partido.
– Su operador en el Senado, señalado por vínculos con la delincuencia en Tabasco.
– La muerte de Carlos Manzo, convertida en símbolo de hartazgo y del fracaso de la política de “abrazos, no balazos”.
La presidenta enfrenta una disyuntiva: seguir bajo la sombra del maximato de Palenque o marcar distancia, remover a los afines y tomar decisiones propias. El país exige liderazgo real, no subordinación.
Deseo que Sheinbaum, en respeto a su investidura, actúe con firmeza y no por afinidad política. Porque si le va mal a ella, le va mal a México. Este barco necesita rumbo. Veremos de qué está hecha nuestra primera presidenta y hasta dónde le alcanza su oficio político.
Soy Antonio Valentín Argüelles Rivera. Nos leemos la próxima semana.