Fue un hervidero, como siempre, pero con dos hilos gruesos: la reforma electoral que Claudia está impulsando y las mesas del T-MEC que Marcelo Ebrard arma sin tanto espectáculo.
Y antes de que digan “puro bla bla”, veamos cómo cala en tierra firme: nepotismo.
En San Luis Potosí, Gallardo Cardona quiere colocar a su esposa Ruth González en el palacio estatal -sueño convertido en agua mansa-. En Guerrero, Evelyn Salgado ya sueña con que su papá Félix vuelva a mandar. Y en Zacatecas, Saúl Monreal no puede suceder a su hermano David como gobernador, ni Verónica Díaz—su cuñada, senadora—salta a otro cargo. Claudia lo pone blanco sobre negro: la gente manda, no las familias. Y tiene razón: el voto es por resultados, no por linaje.
La iniciativa ya está en audiencias públicas: este miércoles en Segob, expertos hablaron de financiamiento sano, voto electrónico y menos plurinominales para evitar listas infladas. Puedes entrar a reformaelectoral.gob.mx, inscribir tu propuesta o asistir a un foro en tu estado. Hay plazo hasta diciembre; luego, Congreso en enero.
La oposición grita que quieren al INE amarrado, pero hay quienes aplauden: menos dinero a partidos que sacan un diputado y terminan con diecisiete gracias a casilleros vacíos. Claudia incluso acusó a consejeros del INE de intervenir en votos judiciales—lo que no les corresponde—y propone vetos duros: sin reelección inmediata para legisladores ni gobernadores, y sin familiares en cadena. ¿Limpieza o control? Que cada quien lo juzgue.
Y ahora, el T-MEC: Marcelo Ebrard lo lleva con pulso firme. Las consultas arrancaron ayer con Estados Unidos y Canadá—el DOF lo publicó el viernes—enfocadas en reglas de origen para autos, aranceles al acero y aluminio, cuotas al tomate, y esa sombra china que inunda mercados sin tratado. México no va de mendigo: exige piso parejo. Ebrard afirma que vamos por el siguiente capítulo—sin promesas locas, pero con datos.
Claudia ya se reunió con el primer ministro Mark Carney; él advierte que no será pan comido, menos con Trump rondando, pero México sale mejor parado que otros. Consultas abiertas: empresas, sindicatos, academia—sin circos, puro diálogo.
Así queda la cosa: unas urnas sin apellido, un tratado sin trampas… y nosotros, al fin, en la mesa grande.