La reciente victoria en Chile de la izquierda, con Gabriel Boric ha despertado el optimismo en los líderes progresistas de América Latina. Nuestro presidente, Andrés Manuel López Obrador, no ocultó su alegría, al felicitarlo en una mañanera: “Ha dado un ejemplo para la América Latina y para el mundo. Es un triunfo de la democracia”, afirmó.
México siempre ha tenido un papel fundamental en las transformaciones latinoamericanas; en el siglo pasado, la Revolución Mexicana, fue origen de muchas otras transformaciones en la región. Significo el triunfo de la izquierda a principios del siglo XXI.
En 2018, bajo el proyecto encabezado por AMLO inicio la transformación de la vida pública, se puso fin a un largo periodo de presidencias que se pueden ubicar en el espectro de centro-derecha. Trayendo la esperanza de transformar un régimen caracterizado por impunidad, corrupción, saqueo, insensibilidad y enriquecimiento ilícito – que a veces sus colaboradores nos hacen pensar que no es más que de lo mismo, pero para esta entrega eso no será lo relevante-.
Al igual que México, los pueblos de Latinoamérica han sido víctimas de gobiernos neoliberales de ultra derecha. Gobiernos caracterizados por impulsar políticas alejadas de las necesidades y problemas de la población. Hoy el territorio latinoamericano se encuentra dividido por la derecha Uruguay, Paraguay, Ecuador y Brasil; y por la izquierda en Colombia, Argentina, Perú, Bolivia, Venezuela, Nicaragua y México.
El triunfo de la izquierda mexicana fue la punta de lanza para que en Chile, Argentina, Perú y Bolivia se dirijan a gobiernos progresistas cercanos a la gente y que atiendan sus necesidades. En este 2022 la izquierda y centro-izquierda podría regresar al subcontinente desde Tijuana hasta Tierra de Fuego.
La izquierda seguirá ganando terreno debido a los malos gobiernos sus promesas incumplidas y en particular, por el manejo de la pandemia en cada nación. Asimismo, porque representa el mejor modelo social para superar la crisis y caminar hacia adelante, como la única opción de diálogo político para conciliar el desarrollo con las dos potencias mundiales: China y EUA (pese a la debilitada administración demócrata de Bidem).
El 2022 será decisivo en el rumbo que tomará nuestro continente, la elección de Brasil terminará de inclinar la balanza de manera importante. El sufrimiento económico, el aumento de la desigualdad, la precariedad laboral, el ferviente descontento con los gobernantes y la mala gestión de la pandemia han impulsado un movimiento que se distancia de los líderes de centroderecha y de derecha que dominaban en la primera década de este siglo.
La izquierda finca la esperanza por un futuro más justo con menor pobreza y desigualdad, feminista, ecologista y de respeto a los Derechos Humanos. Sin embargo, lo nuevos líderes se enfrentan a graves limitaciones que podrían restringir sus aspiraciones: los altos índices de corrupción e impunidad, oposiciones legislativas, altos indicies de inflación, pérdidas masivas de empleo, informalidad, los mayores niveles de pobreza en los últimos 30 años, caída de los precios de las materias primas. Todo lo anterior, además del manejo que puedan darle a la pandemia será castigado a premiado en las urnas.
El malestar con la democracia representativa y las políticas desarrolladas en la región, así como el incremento de la desigualdad, la pobreza y la violencia se vio reflejado en una escalada de protestas en 2019. Año de enormes estallidos sociales en diferentes países.
La probabilidad de que se reproduzcan una vez que la incidencia del virus baje es muy alta, pues los problemas se han agudizado. De modo que los gobiernos deberán adaptarse a las demandas de los diferentes sectores sociales. Para la derecha sería una estrategia peligrosa mantener la defensa de la austeridad y del status quo ante las reivindicaciones y necesidades sociales.
Según varios expertos latinoamericanistas los avances de la izquierda podrían impulsar a China y socavar a Estados Unidos mientras compiten por la influencia regional, al presentar una nueva cosecha de líderes latinoamericanos desesperados por lograr el desarrollo económico y con más apertura hacia la estrategia global de Pekín de ofrecer préstamos e inversiones en infraestructuras. El cambio también podría dificultar que Estados Unidos siga aislando a los regímenes autoritarios de izquierda en Venezuela, Nicaragua y Cuba.