Sobre la pluma: Alejandro Bonet Ordóñez es coordinador de El camino de México, plataforma política de Marcelo Ebrard en Zacatecas
Ayer Marcelo Ebrard compareció ante la bancada de Morena en San Lázaro y dijo algo que conviene repetir sin adornos: los escándalos no están en la mesa de negociación con Estados Unidos. Ni el huachicol fiscal, ni los presuntos narconexos del gobernador de Sinaloa, ni el retiro de la visa a Andrés Manuel López Beltrán. Nada de eso. Lo que sí está son cincuenta y cuatro temas que Washington catalogó como barreras no comerciales: energía, organismos reguladores, aduanas, maíz transgénico. Esa es la conversación real, y Ebrard la separó con claridad de las demás mesas —seguridad, agua, lo que sea— porque mezclarlas solo genera desorden.
Eso es lo que más me interesa de su intervención. No porque sea un detalle técnico, sino porque marca una diferencia entre gobernar y hacer teatro. Cuando un país negocia con su socio comercial más importante, no puede permitirse que cada escándalo se convierta en moneda de cambio. Estados Unidos tiene sus propios intereses, sus propios escándalos, su propia política interna. Si México se deja arrastrar por la narrativa de que todo es un desastre, pierde antes de sentarse. Ebrard lo dijo sin rodeos: si esos temas pesaran de verdad, no estaríamos preparando la cuarta ronda. Y la estamos preparando.
El dato duro lo respalda. México es el país que más exporta a Estados Unidos y el que paga el arancel efectivo más bajo entre sus principales socios: tres punto cuatro por ciento, contra un promedio mundial de seis punto siete. China enfrenta diez punto tres. Vietnam, alrededor de seis punto cuatro. No es casualidad. Es el resultado de una estrategia que empezó antes de que Claudia Sheinbaum tomara posesión, con el Plan México, y que se ha sostenido con veinte llamadas entre la presidenta y Donald Trump. La última fue el viernes. Ebrard viaja a Washington el martes para definir la fecha de la cuarta ronda en septiembre.
Claro que hay presión. Trump es proteccionista y el superávit comercial de México le incomoda. Ebrard lo reconoció: el crecimiento de las exportaciones, veinticuatro punto seis por ciento, impulsado por electrónicos, cómputo y todo lo ligado a la inteligencia artificial, agranda ese superávit justo cuando Washington quiere reducirlo. Pero resistir no es lo mismo que ceder. México llegó a esta etapa sin el arancel generalizado del veinticinco por ciento que se temía, y con alrededor del ochenta y cinco por ciento de sus exportaciones entrando sin pagar aranceles al cumplir las reglas del T-MEC. Eso no se logra con titulares, se logra con presencia constante y con no confundir lo urgente con lo importante.
Donde Ebrard fue más allá del balance de cifras, y donde yo lo sigo con más entusiasmo, fue al hablar de la diferencia entre lo que se negocia en la mesa y lo que se negocia en los medios. La tentación de usar cada escándalo como palanca política es enorme, y no solo en México. Washington también tiene su teatro interno: congresistas que exigen dureza, lobbies que empujan aranceles, y una narrativa de que México es un problema que hay que resolver a golpes de tarifas. Ebrard no le dio el gusto a ninguno de los dos lados. Separó los temas sin minimizarlos, pero sin dejar que contaminaran la negociación comercial.
Eso tiene un costo. Cuando dices que los escándalos no están en la mesa, te acusan de encubrir. Cuando dices que sí pesan, te acusan de debilidad. La salida no es elegir entre las dos acusaciones, sino sostener que un país puede tener problemas internos graves y, al mismo tiempo, defender sus intereses comerciales con firmeza. México tiene los dos. Negar cualquiera de los dos es mentir. La pregunta no es si hay escándalos —los hay—, sino si se dejan usar como excusa para ceder en lo que sí importa: el acceso al mercado más grande del mundo.
La cuarta ronda no va a resolver todo. No va a parar con un acuerdo final en septiembre, y sería ingenuo esperar que sí. Lo que sí puede hacer es mantener el canal abierto, fijar fechas, y evitar que la conversación se convierta en un intercambio de amenazas. Ebrard viaja el martes con ese mandato: definir la agenda de septiembre sin que los titulares del fin de semana la reescriban. Si lo logra, no será un triunfo espectacular. Será lo que debería ser normal: un gobierno que negocia sin dejarse arrastrar por el ruido.
Y ahí está el punto que casi nadie quiere ver. La negociación comercial no es un evento, es un proceso. Cada ronda deja algo sobre la mesa: un acuerdo parcial, una promesa de revisión, un plazo. Lo que importa no es el titular del día, sino la acumulación. México ha acumulado presencia, datos y argumentos durante meses. Esa es la ventaja que no aparece en ningún comunicado.
El riesgo real no es que Trump suba aranceles mañana. Es que la conversación se politice tanto que se vuelva imposible sostenerla. Cada vez que un escándalo se convierte en argumento de negociación, se pierde un poco de margen. Cada vez que un congresista estadounidense usa a México como chivo expiatorio, se pierde otro poco. La suma de esas pérdidas es lo que realmente amenaza el acceso al mercado.
Ebrard lo sabe. Por eso separó los temas. Por eso viaja con una agenda acotada. Por eso no respondió a cada provocación del fin de semana. No es indiferencia. Es disciplina. Y en una negociación de esta escala, la disciplina vale más que cualquier discurso.