La herencia y la redefinición de la 4T

Sobre la pluma: Alejandro Bonet es coordinador de El camino de México, plataforma política de Marcelo Ebrard en Zacatecas

Cuando Claudia Sheinbaum asumió la Presidencia en octubre de 2024, lo hizo bajo un lema que se volvió casi un mantra: “continuidad con sello propio”. Casi dos años después, esa frase sigue siendo el eje de la discusión política más relevante del país. ¿Hasta dónde llega la herencia de Andrés Manuel López Obrador y dónde comienza realmente la redefinición de la Cuarta Transformación? La respuesta no es sencilla, porque el gobierno actual se mueve en una tensión permanente entre fidelidad al proyecto fundacional y la necesidad de adaptarlo a nuevos tiempos, nuevos problemas y un estilo de liderazgo profundamente distinto.
La 4T, tal como la construyó AMLO entre 2018 y 2024, se sostuvo sobre varios pilares claros. El primero fue el combate a la corrupción y a lo que llamó “el régimen neoliberal”, entendido como un sistema que privilegiaba a las élites económicas y políticas a costa del pueblo. El segundo fue la redistribución directa del ingreso a través de los Programas para el Bienestar: pensiones, becas, apoyos a campesinos y jóvenes. El tercero, la recuperación de la soberanía energética, con Pemex y la CFE como ejes del proyecto nacional. El cuarto, un estilo de gobierno personalista, polarizante y de comunicación diaria, basado en las mañaneras, que convirtió la confrontación en método de gobernanza. Y el quinto, una visión del Estado como actor central de la economía y de la política social, en abierta ruptura con el consenso de las décadas anteriores.
Sheinbaum heredó todo eso. No solo heredó los programas y las reformas constitucionales impulsadas en el último tramo del sexenio anterior, sino también la mayoría legislativa, el control de buena parte de los gobiernos estatales y, sobre todo, la narrativa de que la transformación pertenece al pueblo y no a una persona. En más de una ocasión ha repetido que “somos el mismo proyecto” y que nadie —ni gobiernos extranjeros, ni los “corruptos del pasado”— podrá arrebatarle al pueblo esa transformación. Esa defensa pública de la continuidad no es retórica vacía: los Programas para el Bienestar se han ampliado, el discurso de soberanía se mantiene, y el rechazo a las privatizaciones y al regreso del modelo neoliberal sigue siendo línea oficial.
Sin embargo, la diferencia de estilo es tan marcada que resulta imposible hablar de una simple continuación. López Obrador gobernó desde la intuición política, el carisma y la confrontación permanente. Sheinbaum, física de formación y con una trayectoria de gestión técnica en la Ciudad de México, ha optado por un tono más institucional, menos polarizante y más orientado a resultados medibles. Donde AMLO veía enemigos en casi todos los frentes —prensa, empresarios, oposición, organismos autónomos—, Sheinbaum ha buscado, al menos en apariencia, construir consensos. El acercamiento con el sector privado, que se tradujo en compromisos de inversión millonarios, marca un contraste claro con la desconfianza sistemática que caracterizó al sexenio anterior.
El “sello propio” se expresa también en las prioridades. Sheinbaum ha colocado con mayor fuerza temas que en el gobierno de AMLO ocupaban un lugar secundario: la agenda de género, la transición energética y el cambio climático, la regulación de las plataformas digitales y la inteligencia artificial, y una mayor atención a la ciencia y a la educación superior. La reforma laboral de los trabajadores de aplicaciones, la propuesta de regular el uso de redes sociales entre menores y la expansión de opciones universitarias para quienes no logran entrar a la UNAM son ejemplos de una agenda que, sin romper con la 4T, la actualiza. Donde AMLO privilegiaba la infraestructura física (trenes, refinerías, aeropuertos), Sheinbaum parece más interesada en la infraestructura social y tecnológica.
Esta redefinición no está exenta de tensiones. La primera y más evidente es interna. Dentro de Morena y del movimiento de la 4T coexisten dos visiones: una que considera que cualquier distanciamiento del legado de AMLO es traición, y otra que entiende que la consolidación del proyecto exige profesionalizarlo, institucionalizarlo y adaptarlo a un mundo más complejo. Sheinbaum ha tenido que navegar entre ambas, defendiendo públicamente la unidad mientras intenta construir su propia autoridad. La frase “nadie puede esconderse bajo el halo de la transformación” —dirigida a quienes pretenden usar la 4T como escudo de impunidad— es una señal de que el gobierno actual no está dispuesto a tolerar automáticamente a todos los actores del movimiento.
La segunda tensión es estructural. La 4T nació como un proyecto de ruptura. Su fuerza radicaba precisamente en su capacidad de confrontar el orden establecido. Un gobierno que busca más consensos, más eficiencia técnica y menos polarización corre el riesgo de perder parte de esa energía transformadora. ¿Puede la 4T mantener su identidad si deja de ser un movimiento de confrontación y se convierte en un proyecto de administración eficiente del Estado? Esa es, quizás, la pregunta más profunda que plantea el segundo piso de la transformación.
La tercera tensión es de resultados. La herencia de AMLO incluye avances indudables en reducción de pobreza y en la construcción de una red de protección social, pero también legados pendientes: la violencia, la debilidad institucional en materia de seguridad, la polarización profunda de la sociedad y una relación compleja con Estados Unidos que, con el regreso de Donald Trump, se ha vuelto aún más delicada. Sheinbaum no puede permitirse el mismo margen de error que su predecesor. El “sello propio” se medirá, en buena medida, por su capacidad de resolver lo que la primera etapa de la 4T no resolvió.
Lo que está en juego no es solo la continuidad de un gobierno o de un partido. Es la posibilidad de que un proyecto que nació como respuesta a décadas de desigualdad y exclusión logre trascender a su fundador y convertirse en una nueva forma de hacer política y de entender el Estado. La herencia de AMLO le dio a Sheinbaum una base social, electoral e ideológica extraordinariamente sólida. La redefinición, en cambio, es el terreno en el que se decide si esa base se consolida o se erosiona.
Hasta ahora, el equilibrio se ha mantenido. Sheinbaum no ha roto con el proyecto, pero tampoco se ha limitado a administrarlo. Ha introducido matices, ha cambiado el tono y ha desplazado el acento hacia áreas que le son propias. El resultado es un gobierno que se siente todavía dentro de la 4T, pero que ya no se parece del todo a ella. Esa distancia —pequeña pero significativa— es, precisamente, el espacio donde se está escribiendo el segundo capítulo de la transformación.
La pregunta que queda abierta es si esa redefinición será suficiente para enfrentar los desafíos de la segunda mitad de la década: una economía global incierta, una relación bilateral cada vez más tensa, una sociedad que exige resultados concretos en seguridad y servicios, y un movimiento político que, tras la salida de su líder carismático, necesita encontrar nuevas formas de cohesión. La herencia es poderosa. La redefinición, todavía incompleta. Y entre ambas se juega el futuro de lo que, hasta ahora, ha sido el proyecto político más ambicioso de México en lo que va del siglo.

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