A raíz de los feminicidios de Ingrid y de la pequeña Fátima, el cansancio de las mujeres se desplegó con una fuerza por momentos inesperada. De manera insólita, las mujeres que exigimos justicia y seguridad, nos hemos convertido en el contrapeso del Gobierno Federal, un lugar que la oposición no ha logrado consolidar. Si bien es cierto que el llamado al paro este nueve de marzo, no es un hecho aislado, ya que se realizará en más de treinta países alrededor del mundo, en México, las mujeres convocantes han roto records de personas que se siguen sumando.
Nuestra sociedad, al igual que la mayoría del mundo occidental, tiene una identidad y valores culturales machistas y patriarcales, es decir muy conservadora. Por tanto, no es de extrañar que los partidos de oposición –uno de ellos, el PAN, conservador y anti derechos por definición- al verse anulados políticamente y trastocados sus privilegios intenten adueñarse del discurso feminista. Incongruentes hasta el infinito pues siguen votando en contra de la despenalización y legalización del aborto.
Al oportunismo de la oposición, se suman las reacciones tibias oficiales. El presidente Andrés Manuel López Obrador, no ha mostrado empatía hacia el movimiento feminista porque no quiere ver su origen legítimo, lo observa a partir de sus consecuencias. Endilga intereses políticos de grupos contrarios que se han colgado de una lucha social justa.
Ninguno de nuestros representantes parecen no entender que el Estado tiene una enorme deuda pendiente con el ejercicio pleno de los Derechos Humanos de las Mujeres, siendo la más visible, la brutal y cruenta violencia de género, extendida en la última década por todo el país, resultado de la absurda guerra contra el crimen organizado y, con más de 20 años en Ciudad Juárez. Ante un sistema patriarcal heredado, las políticas neoliberales intensificaron las brechas de desigualdad, precarizando el empleo creando el caldo de cultivo de violencia, pobreza y desigualdad que afecta primero, y de manera más extendida a mujeres, niños, niñas, géneros no binarios y pueblos originarios.
La crisis del trabajo es también una crisis de falta de tiempo, de falta de relación con las y los otros, no tener recursos ni acceso a los servicios fundamentales, de enfrentarse de manera cotidiana con violencia en sus distintos tipos y modalidades y contra abusos institucionales. Las mujeres salieron de sus casas, para complementar los ingresos de sus familias, luego para conseguir autonomía; sin embargo, empleo precario no da seguridad de una vida digna.
Por tanto, el movimiento está lleno de mujeres que quieren mejores condiciones de vida para ellas y sus familias, que no quieren vivir con el miedo de no saber si llegarán vivas a sus casas, desean salir a la calle sin ser agredidas, abusas, violentadas. Mujeres que no quieren abortar -es un proceso horrible por el que ninguna debería pasar-, pero si quieren tener esa opción, que no es más que ejercer sus derechos sexuales y reproductivos, estarán también en paro el 9. La pugna, no es contra el Presidente de manera directa, es una protesta contra un mundo injusto y violento que extermina a las mujeres. Es para exigirle al Estado que cumpla con su deber de garantizar una vida sin violencia e igualdad de oportunidades entre ambos sexos.