Sobre la pluma: Alejandro Bonet Ordóñez es coordinador de El camino de México, plataforma política de Marcelo Ebrard en Zacatecas
En tiempos donde la confrontación política suele marcar la agenda pública, hay datos que hablan por sí solos. No se trata de discursos ni de consignas, sino de resultados medibles que ayudan a entender hacia dónde camina el país. Hace unos días, la senadora Malú Micher hizo una reflexión que vale la pena recuperar: mientras abundan las críticas al gobierno federal, hay indicadores económicos que están colocando a México en una posición inédita frente al mundo.
Dos cifras, en particular, merecen atención.
La primera es que, durante mayo, México alcanzó un récord histórico en sus exportaciones hacia Estados Unidos, superando los 54 mil millones de dólares en un solo mes. Nunca antes un país había exportado tanto al mercado estadounidense en ese periodo. Es un dato que confirma algo que hace apenas unos años parecía difícil de imaginar: México se ha consolidado como el principal socio comercial de la mayor economía del planeta.
La segunda noticia también resulta significativa. De acuerdo con información difundida por organismos internacionales, entre ellos la ONU, México se mantiene entre los principales destinos de inversión extranjera directa a nivel mundial durante 2025. A ello se suma un tipo de cambio estable y la confianza que siguen mostrando los mercados internacionales. Son señales que, por sí mismas, hablan de estabilidad y de confianza en el rumbo económico del país.
Estos resultados no aparecen por generación espontánea. Son consecuencia de años de trabajo para fortalecer la competitividad nacional, aprovechar nuestra ubicación geográfica y consolidar la integración económica de América del Norte. En ese contexto, resulta imposible ignorar la importancia que tiene el Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá (TMEC).
Mucho se ha dicho sobre este acuerdo comercial. Hay quienes, desde la oposición, insisten en presentarlo como una muestra de dependencia o como una supuesta renuncia a la soberanía nacional. Sin embargo, los hechos cuentan otra historia.
El TMEC ha permitido que México incremente de manera sostenida sus exportaciones, especialmente en sectores estratégicos como el automotriz, el electrónico, el farmacéutico y el manufacturero. También ha brindado certeza jurídica para que empresas de distintas partes del mundo decidan instalarse en nuestro territorio, aprovechando el fenómeno del nearshoring, que hoy representa una de las mayores oportunidades económicas para el país.
Además, el tratado ha fortalecido las cadenas regionales de producción, generando empleos, impulsando inversiones y aumentando la competitividad de América del Norte frente a otras regiones del mundo. Incluso ha incorporado reglas modernas en materia de comercio digital, derechos laborales y propiedad intelectual, adaptando la relación comercial a las nuevas exigencias de la economía global.
Nada de esto significa que los retos hayan desaparecido. México aún enfrenta desafíos importantes en materia de seguridad, infraestructura, energía y desarrollo regional. Pero tampoco sería justo ignorar los avances cuando estos son evidentes.
En buena medida, estos resultados también reflejan el trabajo que se ha realizado desde la política exterior y económica del país. La conducción de las negociaciones comerciales, la defensa de los intereses nacionales y el diálogo permanente con nuestros principales socios han sido factores determinantes para preservar la certidumbre que hoy permite atraer inversiones y fortalecer el comercio internacional. En esa tarea, el secretario Marcelo Ebrard ha desempeñado un papel relevante al mantener una estrategia firme, pragmática y orientada a proteger los intereses de México.
Por ello comparto la reflexión de la senadora Malú Micher. En ocasiones pareciera que las buenas noticias reciben menos atención que la confrontación política. Sin embargo, cuando México rompe récords históricos de exportación, atrae inversión extranjera y fortalece su posición como socio estratégico de Estados Unidos, esos logros también deben formar parte del debate público.
Reconocer los avances no implica dejar de señalar aquello que aún falta por hacer. Una democracia madura necesita ambas cosas: crítica cuando sea necesaria y reconocimiento cuando los resultados lo ameriten. Negar cualquiera de las dos conduce a una visión incompleta de la realidad.
Hoy México vive un momento de enormes oportunidades. La reconfiguración de las cadenas globales de suministro, el crecimiento del nearshoring y la fortaleza del TMEC colocan al país en una posición privilegiada para seguir generando empleo, atraer nuevas inversiones y consolidar un crecimiento económico con mayor bienestar para las familias mexicanas.
Al final, los gobiernos serán juzgados por sus resultados, no por el volumen de las críticas que enfrenten. Cuando México rompe récords de exportación, atrae inversión, fortalece su posición como principal socio comercial de Estados Unidos y genera condiciones para que lleguen más oportunidades, lo responsable es reconocerlo y, al mismo tiempo, exigir que esos logros se traduzcan en bienestar para todas y todos.
Ese es, para mí, El Camino de México: un país que defiende su soberanía sin aislarse del mundo; que compite con inteligencia, no con estridencias; que construye confianza para atraer inversión, pero sin perder de vista la justicia social. Un México que entiende que el desarrollo económico no es un fin en sí mismo, sino la herramienta para mejorar la vida de las familias. Mientras ese siga siendo el rumbo, habrá razones para mirar hacia adelante con optimismo y con la certeza de que el futuro se construye trabajando, no descalificando.