Es un ciclo de constancias, eternos devenires y continuos malestares; no cabe duda que México se divide fragmentariamente en multiplicidad de naciones lastradas todas por la misma constante: injusticia y miseria.
Los síntomas de tales cánceres son de modo recurrente metastásicos en toda su evolución orgánica, pues de aquella nación que emergiera de las cenizas de su Revolución hace poco más de 100 años o de su Independencia hace más de 200, hoy quedan las cenizas de fuegos eternos que intentarán devolverla a un pasado remoto, tanto así como la premodernidad, de 50, 60 ó 70 años al pasado.
La violencia que aqueja al Estado y que recibe respuestas a manera de curaciones caseras tiene un múltiple significado en una época de contrastes que para muchos son involutivos, plagados de irregularidades, ese desenfreno por arrancar de las manos de los poderosos, llámese conservadores, todas aquellas riquezas que le fueron sustraídas de manera violenta al pueblo trabajador.
Un México que no termina de nacer y que, hasta donde se ve, sería multiplicado por votaciones sustancialmente masivas, quizás en cifras de réplica, mayores a las de hace tres años y un intento por volver a las energías fósiles en tiempos de pandemia y calcinantes calentamientos globales, valgan todas las redundancias.
Las burocracias posesas de ganancias bonancibles en las que fueron colocados centenares de amigos en medio de un complicado juego de ajedrez en el que los peones y los caballos están hechos de finísimo cristal que, al momento en que el gobernador intente desplazarlos, amenazarán con provocar aludes incalculados. Porque todo cuesta…
Los disímbolos de parvadas de cuervos que se irían a la oposición púrpura aun cuando hace ocho años juraran lealtad al jefe máximo del Estado mexicano, en pleno apogeo de sexenio peñanietista y todas las reformas requeridas en ese momento para el país, para sacarlo del atraso, de la añeja injusticia histórica.
Con la mirada puesta, desde hace más de medio milenio hemos olvidado que el país es otro, que el mundo es distinto, que los jóvenes que nazcan mañana vivirán en un planeta complicado al extremo para el que este país no se encuentra preparado, con sus casi 60 millones de pobres, sus deficientes servicios médicos y las cifras imparables de decesos por lo que sea: crimen, violencia o Covid-19
Sus retrocesos históricos en competitividad tecnológica y científica. ¡Ay, Alemania, Alemania! ¡qué gloriosa eres que ofreces paquetes turísticos por tus carreteras en autos deportivos y con servicios de primer mundo donde no expones a nadie a ser violado, saqueado, asesinado!
A Galileo, la Inquisición lo condenó en tiempos de Urbano VIII por haberse atrevido a afirmar que la Tierra no era el centro del Universo y fue obligado a desdecirse de sus afirmaciones sustentadas científicamente.
Son dos polos de la misma dirección, la balanza ha girado y los platillos de platino e iridio sopesan de manera fina incluso el viento que los roza.
Son dos versiones de la misma nación, la histórica división entre conservadores y liberales o el deseo de volver al país una República de la que deberían haber sido eliminados hace tiempo los millones de pobres.
Lo que queda de esa nación es tema de taumaturgos, de iluminados, de una novela de Kafka en sus episodios más espasmódicos. Surrealistas somos, menos que kafkianos.
Algo es claro, hay entredichos que nadie, por más ascendido que se considere puede resolver; el país pertenece a todos, continuar con la idea de fragmentarizarlo más puede tener consecuencias funestas.
O más bien, ¿Cómo llamaría la historia a esa eterna recurrencia de ambiciones y ambigüedades en tierras cuyos pobladores han sido siempre, casi siempre, sujetos de injusticias y despojos? Más importante aún: ¿Quién tiene la razón? Y… lo más grave: ¿Quién ganará?