T-MEC: El tratado que no se deja

Sobre la pluma: Alejandro Bonet Ordóñez es coordinador de El camino de México, plataforma política de Marcelo Ebrard en Zacatecas

 


Marcelo Ebrard lo dijo en la mañanera de ayer, sin vueltas: la revisión del T-MEC empezó. No es rumor, no es filtración, es oficial. Diálogos semanales con EU y Canadá, y si para julio del veintiséis no hay firma, adiós acuerdo. Punto. Cuatro pilares trae México: que el tratado siga vivo, que los jueces no queden solo en Washington, que la regla laboral no sea trampa, y que nadie nos meta mano cuando China promete menos impuestos. Ebrard trajo números: comercio ya rebasa un billón de dólares al año entre los tres. Billón con be. Eso no se tira.

Pero no todo es rosa. Trump repite que el T-MEC es papel mojado, que él puede renegociar lo que quiera. Hoy en Fox dijo que si México no cierra la frontera al fentanilo, le pone aranceles al aguacate. Así, como si fuera cena de taco. Y ahí está la clave: mientras él suelta globos, nosotros llevamos portafolio. Ya entregamos el informe de consultas: industria automotriz pide reglas iguales para baterías, agro exige no tocar subsidios al maíz, y los electricistas quieren paneles que fallen rápido, no en cinco años. Canadá, por su parte, solo atina a decir ‘tranquilos, lo resolvemos’.

Más datos: en dos mil veinticuatro, México exportó a EU doscientos cincuenta y ocho mil millones en manufactura. Eso es dos veces lo que manda España. Si el T-MEC se cae, se cae ese flujo. Y no es solo plata; son familias enteras que viven del turno de la noche en Ramos Arizpe. Otro ángulo: el nearshoring. Empresas que eran de China ya arman planta en Nuevo León. Si Trump asusta con impuestos, se van a Colombia o a Vietnam, no se quedan.

Así que Ebrard negocia con cabeza fría: no cedemos soberanía, pero sí ofrecemos datos y flexibilidad. Y justamente hoy, en la misma mañanera, llegó la mejor respuesta posible a las amenazas de Trump: Pilgrim’s Pride, la gigante avícola estadounidense (parte del grupo brasileño JBS), anunció una inversión de mil trescientos millones de dólares en México para los próximos cinco años, de dos mil veintiséis a dos mil treinta. Sí, leíste bien: una empresa gringa, con treinta y ocho años operando aquí, apuesta fuerte justo cuando el vecino del norte amaga con aranceles.

El plan incluye modernizar plantas existentes, construir nuevas instalaciones, instalar paneles solares y generar biogás. El impacto es brutal: más de cuatro mil empleos directos nuevos, miles indirectos, y sobre todo, un aumento de producción que permitirá sustituir hasta el treinta y cinco por ciento de las importaciones actuales de pollo. Porque México todavía importa una buena parte de lo que consume en pechuga y pierna. Con esta expansión, esa dependencia baja fuerte y se fortalece la seguridad alimentaria, uno de los ejes del Plan México de Sheinbaum.

Fabio Sandri, el CEO global de Pilgrim’s, lo dijo claro: “Reafirmamos nuestro compromiso con México y con las comunidades donde tenemos presencia”. Y José de Jesús Muñoz, director en México, detalló que ya emplean a doce mil seiscientos personas directas y generan cincuenta mil indirectas. Esta inversión se reparte en regiones clave: doscientos millones en Durango y Coahuila, ciento cincuenta en Querétaro e Hidalgo, y el resto en otras zonas productivas.

Ebrard lo remató: con este anuncio, el portafolio total de inversiones confirmadas del Plan México ya suma doscientos noventa y tres mil millones de dólares. Sí, doscientos noventa y tres mil. Ayer mismo General Motors confirmó otros mil millones para manufactura. Las empresas votan con billete verde por la estabilidad mexicana.

Esto es nearshoring en acción pura. Empresas estadounidenses (o con fuerte presencia allá) deciden ampliar en México porque aquí hay mano de obra calificada, energía competitiva, cercanía geográfica y, sobre todo, certidumbre jurídica. Exactamente lo que defiende el T-MEC. Por ahora, la pelota está en el centro de la cancha. México ya dio el primer toque. Y si salimos de esa mesa con reglas más justas y un calendario claro, el T-MEC no solo sobrevive: se vuelve el eje de un Norteamérica que ningún muro, ni ningún tuit, puede romper. Hay esperanza. De la buena.

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