Ismael Guardado: El cosmos y el corazón

**Por Jael Alvarado Jáquez

Hay un niño sentado en el umbral de su casa. El frente de la vivienda mira a la plaza principal del pueblo: Ojocaliente, Zacatecas. La mirada del niño absorbe todo: pasan las peregrinaciones con su jolgorio y su lamento, pasan los músicos con su convite, pasan los cortejos rumbo al camposanto, pasan los gitanos con su oso bailarín; pasan los artistas de la carpa, con sus títeres y sus cantantes perfumadas y seductoras. El universo entero, sus texturas y brillos, desfilan frente a los ojos del niño Ismael, llenando su cabeza de figuras y colores.

Cuando sentarse afuera de su casa a ver pasar el universo ya no fue lo suficientemente entretenido, Ismael se fue a meter al cine. Se hizo amigo del proyeccionista y se enamoró de las figuras en movimiento que surgían de la luz. Las historias que cuenta Ismael adulto sobre el cine de su infancia se parecen mucho a las que narra el director Giuseppe Tornatore en la película Cinema Paradiso. Pero yo no dudo de lo que narra Ismael: porque en cualquier rincón del ancho mundo hay niños subyugados por la luz, por el movimiento y por la magia de las películas. Tornatore lo contó, justamente, en una película. Ismael lo contó de otra forma.

«Toto». Cinema Paradiso

El adolescente Ismael copiaba las ilustraciones de los calendarios que llegaban a la panadería de su familia. Eran populares los que tenían imágenes pintadas por Jesús Helguera y sus bien conocidas chinas poblanas, charros galanes, escenas campiranas y romantizaciones de la mitología indígena. Inspirado en las láminas de los calendarios, Ismael dibujaba con facilidad y destreza. Su familia supo impulsar la vocación del muchacho y lo mandó a estudiar a la Ciudad de México, a la Academia de San Carlos. Al dar sus primeros pasos en el interior de la sede de la escuela de artes, se encontró en medio de un amplio patio habitado por réplicas en mármol de esculturas clásicas como la Venus de Milo o la Victoria de Samotracia. Ismael se sintió de inmediato arropado por el edificio y sus ornamentos; y todo el miedo e inseguridad que pudo sentir un muchachito proveniente de un pueblo zacatecano al llegar a la gran ciudad, se desvaneció.

Al terminar sus estudios de licenciatura comenzó a impartir talleres de grabado entre Aguascalientes y Zacatecas. En ese tiempo fue contratado por un grupo de alumnos de la Escuela de Economía de la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ) que había decidido invertir el dinero destinado originalmente a su fiesta de graduación en un proyecto de arte: una pieza mural que sería colocada en el muro exterior del auditorio de la Escuela de Derecho.

Ismael, que entonces ya se había convertido en Ismael Guardado, joven artista plástico en ascenso, aceptó la oferta y le dio forma a Prometeo. La escultura, que representa al Titán que robó el fuego de los dioses y se los regaló a los seres humanos, es una alegoría de la Universidad: la institución que concede a los jóvenes la luz del conocimiento, las herramientas para trabajar y la claridad del pensamiento crítico.

Es el año, 1969, estaban recientes los acontecimientos funestos del 2 de octubre y, tanto la sociedad zacatecana como la comunidad universitaria, sentían desconfianza del mensaje que representaba el monigote que se levantaba en la Escuela de Derecho. Su rostro y postura recordaban los de un Cristo martirizado, pero también evocaban levemente a un «Che» Guevara muerto y su desnudez era escandalosa. En las declaraciones que hizo para la prensa en esos años, Guardado tuvo que aclarar en múltiples ocasiones que a él no le interesaba hacer política, solo le interesaba el arte (1).

Desde entonces Ismael Guardado se mantuvo muy cercano a la UAZ y podemos encontrar sus murales y piezas escultóricas en diversos recintos universitarios. Su obra, si bien cambia de forma y estilo según va el maestro evolucionando y explorando, mantiene elementos simbólicos invariables: un misticismo que convoca a religiones y mitos antiguos y la alusión a los valores y principios humanos universales.

José de Santiago Silva

Para el maestro José de Santiago Silva, profesor emérito de artes de la UNAM la obra de Ismael Guardado tiene características que abrevan de tres raíces (2). En principio, se nutren del arraigo regional, de su natal Ojocaliente, donde creció en un hogar que hacia afuera le presentaba un desfile permanente de los sucesos que daban vida al pueblo; pero hacia adentro era una casa cuyas habitaciones se convirtieron, gracias al impulso materno, en salones para la enseñanza de la música y la danza.

Una segunda clave de la originalidad de la obra de Guardado es su formación en San Carlos: Ismael recibió clases de una generación de creadores de impresionante precisión técnica y originalidad creativa como Antonio Rodríguez Luna, Antonio Moreno Capdevilla, Elisa Vargaslugo y Rafael Anzurez. Ismael se forma, además, en medio de ese periodo de tensiones estéticas, culturales y sociales llamado “La Ruptura”, esencial en la evolución del arte mexicano.

Atocha II. Galerías Irma Valerio

Finalmente, Guardado afinó sus habilidades técnicas y su lenguaje conceptual en escuelas de diseño y grabado de Japón y Francia. Ismael Guardado regresa de esas estancias con la seguridad y determinación de un maestro, pero con la curiosidad y serenidad del niño que mira pasar el mundo sentado en el dintel de su puerta. Una mirada puesta en el cosmos y en el corazón.

Descanse en paz, maestro.

Referencias.

(1) “No se confunda la cultura con subversión.” El Heraldo de Zacatecas, 22 de octubre de 1969.

(2) Discurso de José de Santiago Silva en la entrega del doctorado Honoris Causa a Ismael Guardado por parte de la Universidad Autónoma de Zacatecas. 25 de noviembre de 2019.

** Jael Alvarado Jáquez es una periodista, narradora audiovisual y artista zacatecana.

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