Sobre la pluma: Gabriel Rodríguez Piña es un periodista nacido en la Ciudad de México radicado en Zacatecas
Hablábamos la vez pasada de la paulatina destrucción de Zacatecas capital y alrededores y lo que eso significa en términos de pérdida del patrimonio y de la reducción en los niveles de calidad de vida de sus ciudadanos.
Pero no son esos los únicos síntomas de un lastre en contra de lo que se podría llamar la sana y pacífica convivencia de sus habitantes sino que habría otros más que se han ido abonando en el camino, para mal.
Algunos de ellos se basan en la perversión de los eventos culturales de la ciudad y alrededores; hace meses, el investigador universitario zacatecano, Martín Letechipía, me hacía ver que la incursión del Crimen Organizado (CO) en la ciudad y alrededores, habría terminado por despedazar el sentido unitario, amalgamante y cohesivo de la familia y del conjunto de organizaciones sociales dentro de la capital y en muchos otros lugares del estado.
No solamente se ha tratado de una irrupción abrupta en el seno de las comunidades sino, lo que es peor, de una desvinculación del tejido social en barrios, colonias y comunidades, pues al darse el fenómeno de la criminalidad, muchas de las fiestas populares han dejado de tener sentido de comunidad, trastocado ahora por el miedo y la incertidumbre.
Además, las familias se han visto sometidas a nuevos retos, como los usos de los dispositivos digitales que las han hecho presa de enorme cantidad de distractivos que, por igual, sirven para unir pero también para separar.
No es menos cierto que las festividades, de honda raigambre popular, suelen ser convertidas en fenómenos propicios para la alcoholización, como ocurrió durante las fiestas de Bracho en 2024, cuando varios vecinos se liaron a golpes entre sí desvirtuando con ello el sentido de la ceremonia, del ritual.
Los griegos fueron profundamente conocedores de ese tipo de hechos y en muchos de los casos, también aquellas que se suelen llamar culturas primitivas, en el sentido de que los participantes eran capaces de caer en profundo trance debido a la acción de ciertos estimulantes, por medio de los cuales se podía acceder a la magia, al encuentro con la parte oscura del yo.
Con ello, se pretendía enseñar a otros a cruzar la vida mediante una pérdida del sentido de la realidad pero, en la misma medida, era un hecho ilustrativo de cómo es que los infortunios debían transitarse, como ocurrió en muchos de los casos con las tragedias de Eurípides y Sófocles, donde el personaje principal se dirige camino de su muerte porque solamente de esa manera podrá acceder al misterio de la existencia y con ello hacerlo implícito entre los demás.
Sin embargo, no es eso lo que ocurre en este momento en Zacatecas y el resto del país o del mundo porque en estricto sentido real -y no intento infligir en otros actitudes éticas personales en calidad de ejemplo-, habría una gran necesidad de ser partícipes de la orgía pero sin entender el contexto real en el que ésta se funda; la gente solamente se embriaga hasta perderse en el envenenamiento, con todo lo que ello implica a posteriori de hechos delictivos o simplemente atentatorios de la dignidad de los demás.
Asumo mi condición y no la niego, doy gracias a Dios por ser católico, conservador y de derecha, porque mi trabajo me ha costado pero también debo decir que el aparato consumista de nuestros tiempos está diseñado justamente para eso: la gente, el grueso de la masa social se extravía en los efluvios del alcohol o en los efectos de las drogas, cada una de ellas altamente peligrosas en niveles crecientes de unos tiempos a la fecha, porque no quiere o no sabe o no puede disfrutar de la paz de la comunión social, de la fiesta religiosa o del encuentro con la danza y el fervorín sin causar daño a sí mismo o a quienes lo rodean.
Eso lo saben muy bien las autoridades de Zacatecas, al explotar la esencia primitiva de los pobladores y ofrecerles vastas oportunidades para el desarrollo pleno de ese tipo de resultantes. Los ejemplos cunden, ante lo que suele ser, sin ir muy lejos, las ferias del estado, donde lo que se programa y difunde son decenas de ejemplos de grupos de música comercial, cuyo sentido utilitario se basa en la violencia.
No se requiere saber inglés, por ejemplo, para comprender la enorme cantidad de obscenidades que el hip-hop o el rap proclaman -en inglés y español- en contra de la sexualidad y la dignidad femeninas; hieren, violan, matan y despedazan la integridad de la mujer sin que haya, al momento, una legislación que lo prohíba.
Y en el caso de los grupos que a las fiestas estatales llegan con sus afamados exponentes, hay que decir que el modelo promotor de su arte y de su cultura es la idea de que, para acceder a donde ellos han accedido, solamente se puede lograr conquistando el mundo, un mundo material en el que privan mujeres muy hermosas, automóviles de superlujo y mansiones palaciegas, lujos que en nuestro tiempo solamente corresponden a la realidad funcional de la DO. Ese ese el sentido en el que se promueven ese tipo de eventos.
La gente no escucha música de concierto, blues, jazz, o rockandroll de calidad, danzón, bolero, rumba, cumbia o huaracha, porque ese tipo de música está inscrita en niveles de propiedad cultural de comunidades sociales que le dieron forma y sentido.
Por eso, muchos zacatecanos eligen llevar a sus propias familias en sus autos con música superestridente a todo volumen y lesionar con ello el derecho de los demás a la tranquilidad. Y con ello, se evidencia lo que Octavio Paz escribió en el Ogro filantrópico de los años 50 cuando afirmó que “el mexicano le tiene miedo a estar solo, ese hecho le provoca una angustia infinita, no sabe, no puede”.
Yo no sé si lo que escuchan mayoritariamente los zacatecanos es o no cultura, supongo que sí, por la forma en que ese tipo de hechos se inscriben en un marco social, pero de ahí a considerarlo arte, habría mucho que discutir.
Lo real es que, en esa pérdida de valores respecto de la cercanía con la comunidad, ha ido abriendo huecos que han sido paulatinamente ocupados por la tragedia porque las autoridades políticas saben conjugar muy bien la destrucción de las personas desde su esencia personal y familiar mediante la explotación de la superficialidad a partir de una profusa cantidad de beneficios económicos.
Además, como parte de la formación educativa de los menores en este país, hace años que se perdió el involucramiento de todos ellos con la sensibilización para el aprecio del arte y la cultura, motivo por el cual cunden todo ese tipo de tragedias.
México está extraviado, porque ahí donde otras naciones se esfuerzan en hacer de sus hijos entes importantes para el desarrollo de sus pueblos y crecer económica, social y políticamente, científica y culturalmente, aquí cada vez nos subsumimos más en el desastre, en la tragedia.