Presentación del libro «Crónicas norteñas» de Citlaly Aguilar

 

¿Qué se imaginan cuando escuchan el título Crónicas norteñas?

Quizá piensen en cantinas, corridos, camionetas, cerveza, hombres con tejana y botas. Tal vez ya puedan escuchar el acordeón antes de abrir la primera página.

Y sí, todo eso está aquí.

Van a sentir los bajos golpeándoles el pecho, los requintos acariciándoles la memoria, los paisajes de Zacatecas con sus nopales, huizaches y cielos inmensos bajo la luz de la tarde.

Pero muy pronto descubrirán que este libro no trata realmente de la música. Trata de una mujer que encontró en la música una forma de encontrarse a sí misma.

Como escribe Citlaly:

“La música norteña ha cambiado mi vida y a mí misma. No soy la que era la primera vez que fui a un bar de música norteña en vivo. Ahora soy más feliz.”

Creo que esa frase contiene el corazón del libro.

Hay libros que uno recuerda por la historia que cuentan. Otros permanecen por la información que ofrecen. Crónicas norteñas pertenece a una categoría mucho más rara: esos libros que cambian la manera en que uno mira —o, en este caso, escucha— el mundo.

Antes de leerlo, la música norteña podía parecerme simplemente un género musical. Al terminarlo entendí que también puede ser un archivo de la memoria, una forma de narrar un territorio, una identidad y una vida.

Citlaly Aguilar consigue algo muy difícil: escribir sobre una pasión sin convertirla en propaganda. No intenta convencernos de amar la música norteña. Hace algo mucho más interesante: nos muestra por qué una canción puede convertirse en refugio, en pregunta y hasta en brújula.

Mientras avanzaba en la lectura pensé varias veces que este libro dialoga con la mejor tradición de la crónica latinoamericana. Porque la buena crónica nunca habla únicamente del tema que anuncia. Habla del mundo.

Aquí la música es el punto de partida, pero el verdadero tema es aquello que escuchamos y termina transformándonos.

Hay una enorme honestidad en estas páginas. Citlaly escribe desde la curiosidad, desde la duda y desde la voluntad de dejarse afectar por aquello que ama. Esa vulnerabilidad convierte al libro en un espacio de conversación con el lector.

También quiero destacar otro mérito: este libro rechaza las simplificaciones. En tiempos donde todo parece dividirse entre lo correcto y lo incorrecto, Citlaly decide permanecer en la complejidad. Puede reconocer la belleza de un género musical sin dejar de mirar críticamente sus sombras. Esa capacidad de sostener la contradicción es una de las grandes virtudes del libro.

Pero hay algo más.

Crónicas norteñas también habla de asuntos que pocas veces se abordan sin prejuicios: el deseo femenino en la madurez, el placer de salir sola a un bar, la libertad de ocupar espacios tradicionalmente masculinos, la fascinación por el arte y las máscaras que todos usamos para sobrevivir.

Y entonces aparecen los músicos.

No como héroes románticos ni como figuras idealizadas, sino como seres humanos: jóvenes con el pecho empapado de sudor, sensibles, vulnerables, quebrándose entre los pliegues de una docerola.

Por eso creo que este libro merece ser leído.

Porque rescata la belleza de lo cotidiano y de aquello que muchas veces la cultura considera menor. Nos recuerda que la poesía también puede aparecer en una cantina, en una madrugada cualquiera o en un corrido cantado con el alma.

Y quizá la pregunta más importante que deja abierta sea esta:

¿Qué música ha contado nuestra propia historia sin que nos diéramos cuenta?

Porque al final, Crónicas norteñas no solo nos invita a escuchar de otra manera la música norteña. Nos invita a escucharnos a nosotros mismos. Y esa, creo yo, es una de las tareas más nobles que puede cumplir la literatura.

Hay algo más que quisiera destacar antes de darle la palabra a Citlaly.

Como lectora y como escritora, creo que cada libro que vale la pena amplía el territorio de aquello que consideramos digno de ser contado.

Durante mucho tiempo, la literatura distinguió entre los grandes temas y los pequeños temas. Parecía que la épica solo habitaba las guerras, las revoluciones o las grandes tragedias. Sin embargo, la literatura contemporánea nos ha enseñado otra cosa: que una canción, una noche cualquiera, un bar, un viaje por carretera o una conversación pueden contener la misma profundidad que una novela histórica.

Crónicas norteñas pertenece a esa tradición.

Es un libro que toma un elemento de la cultura popular —la música norteña— y demuestra que ahí también hay filosofía, memoria, identidad, deseo y una forma particular de entender el mundo.

Eso me parece profundamente valioso.

Porque la cultura popular también construye quiénes somos. Nos enseña a amar, a sufrir, a recordar, a imaginar futuros. Nos acompaña en los momentos más felices y también en los más difíciles. Pensarla con seriedad no significa quitarle su alegría; significa reconocer su enorme capacidad para explicar la experiencia humana.

Creo que este libro hace justamente eso.

Y también hace algo que, en mi opinión, es un acto de valentía literaria.

En una época en la que con frecuencia se nos exige tener respuestas inmediatas y posturas absolutas, Citlaly decide escribir desde la duda. No pretende resolver las contradicciones del mundo ni las propias. Las habita. Las observa. Las convierte en literatura.

Por eso este libro no busca dictar una verdad. Nos invita a hacernos preguntas.

Y quizá esa sea una de las funciones más importantes de la literatura: no ofrecernos respuestas cerradas, sino volvernos más curiosos, más sensibles y más capaces de mirar aquello que antes pasábamos por alto.

Quisiera terminar con una idea.

a literatura zacatecana tiene una tradición enorme. Ha hablado de la minería, del campo, de la Revolución, de la migración, de la violencia, de la memoria y del desierto. Crónicas norteñas se suma a esa conversación desde un lugar distinto: el de la música popular como territorio literario.

No es un libro que aspire a ennoblecer la música norteña, porque no lo necesita. Lo que hace es reconocer que ahí, entre acordeones, requintos, bares y carreteras, también hay historias que merecen ser contadas con la misma seriedad y el mismo cuidado que cualquier otra.

Y eso, para mí, es una aportación importante.

Porque los libros no solo cuentan historias.

También amplían los límites de aquello que somos capaces de mirar.

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