Reforma Electoral: Sheinbaum afila el cuchillo y la clase política siente la hoja

Sobre la pluma: Alejandro Bonet Ordóñez es coordinador de El camino de México, plataforma política de Marcelo Ebrard en Zacatecas

 La reforma electoral que impulsa Claudia Sheinbaum no es capricho ni ajuste de cuentas: es cirugía fina para un sistema que lleva años sangrando dinero público. En México, elegir a nuestros representantes cuesta más que en cualquier otro país de América Latina; el INE reporta dieciocho mil millones de pesos solo para dos mil veinticuatro. Sheinbaum lo dice sin vueltas: “No tiene por qué ser así”. Su propuesta, que ya se cuece en Gobernación, recorta ese gasto sin tocar la autonomía del instituto ni la esencia de la votación: menos dinero a partidos y operadores, más a hospitales, escuelas, patrullas.

Arranca con los plurinominales. Hoy, un tercio de diputados y senadores llegan por lista, sin campaña ni rendir cuentas. La presidenta no los elimina de golpe —sabe que sería guerra—, pero sí los vuelve reales: voto directo, no designación. “Que la gente elija, no la cúpula”, soltó en mañanera. Eso abre espacio a mujeres, indígenas, migrantes, sin regalar curules a los eternos. Segundo, democracia directa de verdad: consulta anual en cada municipio, no cada tres años. En Zacatecas podrías votar si prefieres ambulancias o asfaltar Sombrerete. Tercero, el voto de afuera: el mexicano en Estados Unidos ya no será fantasma, elegirá diputado propio en consulados. Y fiscalización dura: lana sucia, adiós candidatura. El INE sigue entero, solo que ahora fiscaliza, no gasta sin freno. Ya hay acuerdo: siete mesas tensas, Alcalde y Rodríguez cerraron con PT y Verde. Sale en marzo, con Reginaldo Sandoval y Velasco firmando. El Verde patalea, pero cede. Sheinbaum no negocia el fondo: “Si no bajan, se rompe todo”.

Nadie quiere que un partido gaste nueve-cientos pesos por voto mientras faltan escuelas. En Zacatecas aterriza seco: regidores de más se van, el dinero a agua, a patrullas, a luz. Saúl Monreal soñaba con dos mil veintisiete; Sheinbaum le dijo; esta joven “sin nepotismo”. Ruth González, senadora potosina y esposa del gobernador, también se topó con la pared: “No estoy de acuerdo con sucesiones familiares”. No es personal, es sistema. Dos mil veintisiete esperemos, será laboratorio: elecciones baratas, locales, sin dinastía. La reforma no resta democracia; la vuelve limpia. Sheinbaum no busca control, busca eficiencia. Y si sale —y sale—, será su firma técnica: menos billetes, más sentido. Punto. Pero no se queda ahí. En redes #ReformaQueSirva ya pega el millón; la gente no quiere más campañas, quiere resultados. Si no llega en marzo, se le cae el sexenio encima: la oposición afila la lupa, el INE se infla, los partidos se reparten el pastel. Por eso no afloja: o todos bajan, o va sola. Y el INE: sueldo, facultad, logo. Lo único que pierde es el derecho a gastar sin fin. Eso no es autoritarismo: es sentido común con filo.

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