CULTURARTE/ El arte y la cultura, al desperdicio

 

Navegantes celestes. Pedro Coronel

 

 

 

Sobre la pluma: Gabriel Rodríguez Piña es un periodista de la Ciudad de México radicado en Zacatecas..

Sabido es, a medias, que Zacatecas es tierra de grandes creadores en todas las áreas de la expresión cultural pero -por otro lado- es poco en realidad lo que hacemos para potenciar ese enorme cúmulo de posibilidades ante México, ante el mundo.

Nadie ignora que en la tierra de los Coronel, Felguérez, Martínez, López Velarde y otros hay un semillero profuso de talento en todas esas y otras áreas pero ocurre que ni la capital ni los alrededores tienen mercado alguno para su desarrollo. Sí, como se escucha, mercado. Y con ello, no me refiero a las galerías de arte de glamourosas mesdames.

Y no lo hay porque las autoridades expresan, con sus escasísimos rudimentos verbales “lo bonita que es la ciudad”, o aluden, sin saberlo, a “la tierra colorada de la Suave Patria”, como si la enunciación de tales epítetos fuera el pasaporte al privilegio de conocer y respetar mínimamente los incontables procesos históricos de creación artística, cultural e intelectual en el estado.

Hay que decir con todas sus letras, en medio de procesos autocríticos, que la mayor pobreza de Zacatecas es la mentalidad de sus ciudadanos y autoridades, porque en lugar de que la capital estuviera posicionada como un enclave cultural de relevancia mundial, los visitantes extranjeros eligen ya no visitarnos porque saben que aquí pueden perder la vida, tal cual.

De modo reciente, hace un par de semanas, el gobierno de Canadá decretó como “una amenaza” a la integridad de sus turistas la posibilidad de visitar Zacatecas capital, con todo lo que ello significa, y Estados Unidos hizo lo propio hace poco, además.

Es decir, la entidad zacatecana, que debiera ser potencia mundial en producción y difusión estéticas, se ha ido aislando del resto del mundo y, salvo honrosas excepciones, pocos son los espectadores del exterior que podrían hablar bien de nosotros cuando esta es tierra de gente noble y creativa.

Las autoridades culturales aluden, con enormes dificultades, a lo que entienden sui géneris en materia artística pero frente a ese tipo de deficiencias, sobresale además el otro desastre: su visión es sexenal, profundamente limitada, no existe proyecto alguno en la materia que tenga una visión prospectiva a nivel nacional, ya no digamos internacional y la cultura misma se da en función del cuidado de la figura gubernamental que, por otro lado, desconoce todo sobre esos temas.

Además, los creadores y las creadoras, no quieren desligarse de ese vínculo que los ata a condiciones humillantes que apenas les permiten sobrevivir en un medio atroz como el nuestro, donde la creación artística es subestimada cuando no despreciado por los clanes de poder y las propias autoridades culturales.

Hace algunos años la escuela de música de la Universidad generaba una cierta cantidad de filarmónicos al año; supongo que la cifra ha crecido de unas fechas al momento actual.

El caso es dónde van a tener cobijo todos esos jóvenes ejecutantes que por talento y capacidades no paran, si aquí no contamos con una sola orquesta filarmónica y la banda del estado terminó por ser absorbida por las actitudes pantagruélicas del gobierno en cuestión.

Derivado de ello y de muchos otros elementos, ahora podemos comprender porqué los productos comerciales relacionados con la industria del delito tienen vasto consumo en la ciudad sumados a ellos el alcohol y las drogas. Y no, no basta con sus festivales de jazz o blues, que tan pronto llegaron parten sin pena ni gloria.

Lo mismo ocurre con los alumnos de las escuelas de letras, de filosofía, de arte en general que debieran, por naturaleza, ser inquietos, inconformarse con lo que viven, y cuestionar a muchos de sus profesores que en realidad poco es lo que han leído.

Tampoco dudo de los talentos literarios, de los poemas y textos de esos muchachos, cuando algunos han recibido reconocimientos internacionales y otros partieron de su ciudad, porque ésta no les quiso dar lo que merecían.

Converso de manera común con los jóvenes en las calles y lo que encuentro es desespero, enfado, angustia, porque saben que, una vez concluidos sus estudios, Zacatecas no les podrá dar las oportunidades de desarrollo que requieren para abrirse al mundo.

De hecho, muchos de ellos se van a ir, inmersos en el maremágnum de los talentos perdidos, que se fugaron por falta de oportunidades, por la falta de un mercado interno que proyecte todas esas capacidades y lo torne atractivo al resto del país y del mundo, como existe en otras ciudades mexicanas.

Ellos están convencidos de que deben concluir sus estudios, dominar una lengua extranjera y fugarse a Estados Unidos, Canadá o Alemania.

Todos los demás ya hicieron lo suyo, los Coronel, Manuel Felguérez, Goitia, y las series sucesivas de enormes talentos generacionales que heredaron a esta ciudad museos de clase mundial con asombrosas colecciones que no las hay en otras partes del mundo, los cuales, por cierto, nadie visita, ni siquiera los fines de semana que hay entrada libre.

No hay critica artística regular aun cuando algunos alumnos de letras, ¡qué bueno! realizan experimentos culturales de enorme calado, unido a la que hacían algunos personajes en la Jornada que hace tiempo se redujo en tamaño como medio informativo, hasta hacerse casi invisible. Y los críticos y potenciales divulgadores del arte y la cultura callaron.

Si Zacatecas invirtiera en materia de arte y cultura, el talento de sus creadores permitiría el ingreso de millones de dólares anuales, más allá de los propios odios interculturales de sus presuntas “mafias” poseedoras de “la verdad”.

Pero no ocurre así y no creo que ocurra. Se requiere un cambio de visión, de estrategia, de pensamiento y tal vez de idiosincrasia, y cuando hablo de arte y cultura, me refiero a la popular y a la académica con sus intervinculaciones respectivas.

En Zacatecas todas las condiciones posibles están dadas para estallidos de violencia, no así de espectros posibles y capaces de proyectar en las nuevas generaciones el aliento necesario para que, por medio de sus capacidades para degustar el arte, puedan exigir otra clase de autoridades, poseedores de un mayor perfil intelectual y no únicamente las apetencias de odio y saqueo que nos son comunes.

Redefino y aclaro: no hay espacio suficiente para albergar las enormes capacidades culturales, artísticas e intelectuales de nuestros creadores, pero tampoco hay una crítica cultural suficiente para promoverlos y, desde luego, no hay inteligencia para explotarla toda ella como parte de un mercado mundial en el que los visitantes, las instituciones extranjeras y los órganos promotores de cultura internacional elijan lo que les convenga y lo lleven consigo.

Resulta interesante que la enorme ecuación de Zacatecas se defina por la reducción de las remesas, las macrodependencias de los ingresos federales y la ausencia de políticas estatales para fomentar un mercado estatal de las artes proyectado al exterior.

Siguen siendo nuestros sustentos matemáticos, la pobreza, el atraso científico, los escasos avances en el desarrollo tecnológico y las ganas de que las cosas sigan igual, unidas a los desastres constantes de la delincuencia. Así, es poco lo que podremos avanzar.

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