Es una verdad de Perogrullo que la oposición en México carece de propuestas y que la alternativa que ofrece a la ciudadanía es quitar del poder a Andrés Manuel López Obrador. Esta incapacidad de adaptarse a las exigencias de la gente las ha aprovechado increíblemente bien el Presidente, es decir, su éxito se ha potenciado doblemente por la incapacidad de los partidos políticos para entender la nueva realidad de las y los mexicanos y adaptarse a ella.
En 2018 AMLO supo ver a un electorado diferente e informe que no se sentía representado -ni se siente aún-. Esa gran maestría comunicativa no ha podido igualarse por nadie de la 4T, ni por ningún partido político. Podremos criticarle por falsear la información, negarla o incluso inventarla, pero nunca por no saber comunicarla a la población.
Nuestro país, al igual que el resto del mundo, ha experimentado cambios en las últimas décadas, transformando al electorado. Antes la participación y opinión políticas eran lentas y prácticamente inexistentes porque la información se mantenía en un duopolio. Ahora hay mayor acceso a la información, la oferta es plural, la trasmisión es instantánea gracias a las Tecnologías de la Información.
Lo anterior ha hecho que los paradigmas tradicionales, en materia política-electoral, sean obsoletos. El país cambió, pero partidos y actores políticos permanecen en un pasado que nada tiene que ver con la realidad actual. Además, la falta de formación de cuadros jóvenes limita la oferta de candidatos, lo que ha causado aversión y resentimiento en el electorado mexicano. Este desajuste explica la incoherencia entre las posturas de los partidos -todos, incluido Morena- y el electorado nacional.
La conexión del presidente con el electorado ocurre al margen de Morena. Mientras que los partidos políticos, siguen aferrándose al sistema que les asegura certidumbre de permanencia, fondos y estabilidad -uno de los puntos en la reforma electoral con los que estoy de acuerdo , es el de eliminar este tipo de prerrogativas-. Un sistema diseñado para preserva el status. Por ello, se colgaron de la lucha ciudadana por preservar al arbitro electoral, no porque sean fieles demócratas.
“En el pecado llevan la penitencia” decía mi abuela, así los partidos políticos. Al tener a la corrupción como componente inherente a su historia y su naturaleza, no son capaces de comprender las causas del enojo ciudadano que cimentó la victoria de López Obrador en el 2018. Me hace preguntarme, cuándo se liberarán los partidos y sus líderes de las viejas prácticas. Desde mi punto de vista, más que discursos demagógicos y torpes, debe ser un cálculo político frío, estar asociado con una visión de México que no corresponde con la realidad nacional ni global, la corrupción, el narco y sindicalismo depredador lo único que ha resultado son rendimientos decrecientes.
Cada día estamos más cerca de ver una de las grandes batallas electorales en nuestro país, es decir el 2024 ¿Los partidos políticos serán capaces de dar el salto a un cambio cualitativo o seguirán anquilosados en soñar con el pasado? La distancia entre la ciudadanía y ellos es algo que sin duda el presidente podrá aprovechar.