La intolerancia del presidente, Andrés Manuel López Obrador ha tocado techo. Este martes llamó al líder y padre moral de la izquierda mexicana, conservador, y lo califico como adversario político, demostrando que las criticas le indigestan. Lo anterior, por colaborar en el documento “Punto de Partida”, de la organización Méxicocolectivo.
Dicho documento, es descrito básicamente como un diagnóstico negativo de la Administración de López Obrador en los rubros de salud, pobreza, educación, economía y seguridad. En la agrupación Méxicocolectivo, participan actores y políticos de la vieja guardia del PRI, el PRD y el PAN, así como Movimiento Ciudadano.
Sin embargo, el fundador del PRD, anunció que no colaborará más con el colectivo, tras los ataques arbitrarios y descalificaciones desde el ejecutivo, de quien fuera mentor y padrino político. Siempre prudente el líder izquierdista, argumento “consideraciones políticas” a su salida.
A las criticas presidenciales, se sumaron Claudia Sheinbaum y el sequito de zombis políticos -aquellxs que aman u odian por indicación presidencial-, que ahora definen a Bartlet como izquierda y Cárdenas como conservador. Pese a que la historia del distanciamiento entre Cárdenas y López -mentor y pupilo- es larga, nunca se enfrentaron de forma pública. Mientras uno utilizaba como herramienta la crítica académica, el otro la movilización popular.
Es gracias a la trayectoria de lucha opositora de Cuauhtémoc Cárdenas, que la izquierda pudo tomar espacios públicos, al ser jefe de gobierno de la Ciudad de México (entonces D.F.), por ejemplo. El hijo de Lázaro Cárdenas, el presidente que nacionalizó el petróleo, ha criticado la alianza de AMLO con Bartlet, ex priísta a quien se le atribuye la caída del sistema, en los comicios de 1988, en los que Carlos Salinas, finalmente ganó, con una cuestionada legitimidad.
Cárdenas Solórzano, cuestiona que López Obrador sea un cardenista, ya que la verdadera herencia de su padre es la lucha contra la desigualdad, en la que la 4T tiene muchas deudas pendientes. Asimismo, podemos criticarlo de no ser un maderista, ya que se ha empeñado en destruir las estructuras democráticas al debilitar al árbitro electoral.
En medio de esta incongruencia entre el discurso demagógico y las acciones, el presidente camina a ser un autócrata cuya diferencia con los dictadores, es que los primeros surgen de entornos democráticos.
La autocracia es un régimen político en el que una sola persona gobierna sin someterse a ningún tipo de limitación y con la facultad de promulgar y modificar leyes a su voluntad.
La táctica mas utilizada suele enfocarse en socavar a la democracia, primero demonizando a un sector poblacional (conservadores, neoliberales, opositores de la transformación), después, les convierten en chivos expiatorios para reforzar el apoyo popular. Luego, se busca socavar los controles institucionales del poder para debilitar el acceso a la justicia, los derechos humanos (militarizar el país), la prensa libre y al árbitro electoral.
Los líderes autocráticos rara vez resuelven los problemas que utilizaron para justificar su ascenso al poder, por ejemplo, la corrupción e impunidad que en lugar de bajar ha crecido de forma exponencial. Suelen abusar del poder, sin rendir cuentas, o lo hacen de forma opaca, con tendencias a la represión, corrupción y mala gestión.
La característica que mejor define las intenciones autocráticas de AMLO es que suelen priorizar la perpetuación de su propio poder, sin importar el costo humano, económico o ecológico que pueda llevar. Por ejemplo al empeñarse, en que su corcholata favorita sea la próxima presidenta, defenderla de lo indefendible y negar la realidad.
Frente a ese tipo de regímenes solo queda el movimiento social, pero en el caso de líder del estado mexicano, se sostiene por una popularidad inflada a fuerza de dispersión del dinero público en muchos casos y en una auténtica credibilidad en otros.