La violencia que azota todas las regiones del país tiene mayor impacto sobre niñas, niños, adolescentes y jóvenes. Si bien es originada por múltiples causas, la principal es la delincuencia organizada y la normalización de la violencia dentro de los hogares. Este lunes circuló en redes sociales la foto de un hombre asesinado, mientras un niño no mayor a los diez años es testigo. Lo más lastimoso, es que la gente pasó brincando el cuerpo y la sangre para no pisarlos. Hemos perdido la capacidad de asombro, de horrorizarnos.
¿Qué consecuencias e impactos en la salud mental tendrá en la vida de niñas y niños que son tanto testigos como víctimas diarias de la violencia en México? Me queda claro que les estamos heredando a las nuevas generaciones una deuda en términos de traumas y salud mental.
La psicóloga de la Comisión de Atención Víctimas de nuestro estado, Elvira Quintero, afirma que una de las formas más crueles de la exposición a la violencia en niñxs es presenciar un homicidio. En general, lxs niñxs no tienen clara la concepción de la muerte; sin embargo, con una explicación objetiva y empática, libre de fantasías puede entender que la vida es finita. Más no podrá comprender por qué alguien cometería una vileza de tal magnitud. Las y los niños pueden presentar desde terrores nocturnos o pesadillas, hasta trastornos tales como incontinencia urinaria o evacuación involuntaria. Pueden padecer posteriormente trastornos mentales como estrés postraumático (TEPT), ansiedad generalizada y depresión.
Asimismo, Quintero Fernández señala que las y los niños que crecen en familias de personas desaparecidas, en específico si su figura de apego “desaparece” se le despoja de su símbolo de protección, con ello, se propicia la desregulación del estrés. Consecuencias de crecer en una familia con una persona desaparecida: La infancia es la etapa más importante de un individuo en términos de desarrollo biopsicosocial, que se da en gran parte gracias a la relación con los vínculos primarios, es decir la familia. Será ahí donde se generará el apego, un mecanismo que permitirá que el individuo sea capaz de confiar y refugiarse en alguien y sentirse seguro en momentos críticos.
Además, la psicóloga puntualiza que para las y los huérfanos de homicidios dolosos y feminicidios, que no reciben la atención psicológica adecuada pueden encontrarse en presencia de duelos persistentes. Sin embargo, el malestar psicológico será superior cuando el fallecimiento de una madre o padre no era esperado, por ejemplo, por un homicidio, es tan impactante que puede generar síntomas físicos como enfermedades psicosomáticas o conductas desadaptativas como la depresión o la ideación suicida.
La mayoría de los estudiosos de la psicología están de acuerdo en que el principal impacto en la salud mental de los adolescentes expuestos a la violencia comunitaria son síntomas relacionados con el Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT), cuadros de depresión y ansiedad, y quejas somáticas. Teniendo tasas más altas en adolescentes víctimas directas e indirectas, lo anterior, por su mayor grado cognitivo y, por ende, entendimiento de la realidad.
Desgraciadamente, la cotidianidad de hechos como desapariciones y homicidios de personas jóvenes (adolescentes en su mayoría), hacen que se vayan normalizando. Ese es el peor de los horrores. Las Fiscalías están rebasadas y llenas de fallas tanto operativas (comunicación interinstitucional, falta de adecuación de reglamentos y protocolos) como por falta de personal capacitado y presupuesto, aunado a la cultura de la corrupción. Lo anterior nos lleva a una tasa de 94.8% de impunidad en 2021, según la organización México Evalúa. Además, la misma organización detalla que existen tan solo existen 11 fiscales, 9 peritos y 14 policías por cada 100 mil habitantes en promedio.
Según datos de la Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim) cada día desaparecieron 17 personas menores de edad en 2021. Durante este mismo año una de cada cinco de estas personas sigue desaparecidas o no localizadas, es decir, 17 mil 593, hasta el 9 de agosto de 2022. Sin que sus cuerpos sean encontrados en las fosas clandestinas, lo que hace pensar en que esto debe estar relacionado con el también creciente delito de trata de personas. El 55% de las personas desaparecidas de 0 a 17 años son mujeres, las cifras son más elevadas entre mayores de 12 años, 74.5%.
Las cifras oficiales dicen que durante 2020 fueron víctimas de homicidio doloso 38 personas jóvenes, 17 adolescentes desaparecen cada día, se cometen 11 feminicidios cada día. Datos de la Redim apunta que de enero a agosto de 2022 se han cometido 1 mil 272 homicidios contra menores de edad. Según la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), México ostenta los primeros lugares en abuso sexual infantil (se estiman 600 mil casos) y de embarazo en adolescentes. Además, en nuestro país no existe un padrón oficial de niñas, niños y adolescentes huérfanos por los delitos relacionados con el crimen organizado.
Pese a lo escalofriante de las cifras y a la presión de la sociedad civil no existen políticas públicas enfocadas en la atención de la población joven. Sin importar lo crítico que es la adolescencia y juventud como etapas formativas de la vida adulta, por ende, del desarrollo de las sociedades.
Tal pareciera que las infancias y la juventud son sacrificables para el Estado, sin tomar en cuenta que son el presente y el futuro del país en términos de desarrollo. Las y los jóvenes son agentes activos del cambio social. Las niñas, niños y adolescentes tienen una serie de desventajas en un contexto de violencia, exclusión social, medio ambiente deteriorado, crisis y precariedad, que no solo merman su bienestar y urgen revertir; además que tienen un impacto negativo en el crecimiento y desarrollo económicos del país.
La pobreza y la desigualdad social, inciden en que las y los jóvenes, les sea difícil el acceso a instituciones sociales clave para su desarrollo, como educación y trabajo –la educación esta desvinculada de los sectores empresariales e industriales-, salud (tanto física como mental) se ha vuelto un privilegio de clase, entre otros. Recordemos que la exclusión social es un proceso que tiene el potencial de reproducir la precariedad y vulnerabilidad a través de las generaciones.