El cuidado familiar: La explotación invisible a las mujeres

“Te debes el amor que libremente das a otras personas”

 A mi tía Paty quien entregó su vida al cuidado de otras

La ONU Mujeres señala que el Trabajo de cuidados no remunerado abarca todas las actividades para mantener nuestras vidas y salud, como tareas del hogar y los cuidados personales. En específico cuidar de niñas, niños, personas mayores, enfermas o que tienen alguna discapacidad. Lo más común es que estas actividades sean desarrolladas por las mujeres en el hogar de forma gratuita.

Son las mujeres quienes cuidan vitalmente de lxs otrxs: hombres, familias, hijas e hijos, parientes, comunidades, escolares, pacientes, personas enfermas y con necesidades especiales; al medio ambiente y a diversos sujetos políticos y sus causas. Cuidan su desarrollo, su progreso, su bienestar, su vida y su muerte.

Según datos de las cuentas satélite de INEGI durante 2019, el valor económico del trabajo no remunerado doméstico y de cuidados (a precios corrientes) fue de 5.6 billones de pesos que, como se mencionó anteriormente, fue equivalente al 22.8% del PIB del país; de esta participación las mujeres aportaron 16.8 puntos y los hombres 6 puntos.

Esta es una actividad abrumadora para las mujeres, además de ser una labor poco valorado y con poca o ninguna remuneración. Se considera culturalmente que este trabajo es una labor que deben realizar las mujeres por su naturaleza. Este es uno de los impactos simbólicos devenido de la división social del trabajo, creando una división del mundo entre lo femenino y lo masculino, mandatos para ambos sexos. Uno de los mandatos de lo femenino es el cuidado.

La fórmula enajenante asocia que a las mujeres el trabajo de cuidado gratifica simbólica y afectivamente en un mundo gobernado por el dinero, la valoración económica del trabajo y el poder político. El cuidado es asociado a la maternidad, sin embargo, no sirve para el desarrollo individual, tampoco puede ser trasladado del ámbito familiar y doméstico al ámbito del poder político institucional.

El uso del tiempo, energía y recursos de las mujeres está destinado a los demás. Por ello, desarrollamos una subjetividad a las necesidades ajenas, de ahí vienen la abnegación y la solidaridad femeninas. 

La cultura patriarcal que construye el sincretismo de género fomenta en las mujeres la satisfacción del deber de cuidar, convertido en deber ser ahistórico natural de las mujeres y, por tanto, deseo propio y, al mismo tiempo, la necesidad social y económica de participar en procesos educativos, laborales y políticos para sobrevivir en la sociedad patriarcal del capitalismo salvaje.

La educación y el sistema social en su totalidad complica el cambio en los hombres contemporáneos para que puedan modificar su relación con las mujeres. No consideran valioso cuidar porque implica descuidarse y eso va en contra del sistema patriarcal. Una  organización hegemónica donde cuidar se considera como un trabajo inferior.

El cuidado como deber de género es uno de los mayores obstáculos en el camino a la igualdad por su inequidad. Si queremos enfrentar al capitalismo salvaje y a una de sus principales herramientas de sometimiento,  debemos romper con la naturalidad de que cuidado solo puede ser realizado por mujeres.

Lo anterior, significa realizar cambios profundos en la organización socioeconómica. Es decir, con la división social del trabajo, el monopolio masculino del dinero, los bienes económicos, y la organización de la economía, la sociedad y el Estado. Además se requieren cambios profundos en  el sistema educativo y cultural para generar un cambio de mentalidades, que a la postre, lleven a una  socialización del trabajo doméstico y de la transformación de actividades privadas y públicas.

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