El pasado 17 de agosto los talibanes tomaron Kabul, este nuevo gobierno extremista islámico atenta contra los derechos humanos de toda la población, pero sobre todo contra mujeres y niñas. Durante su período anterior en el poder impactaron al mundo por la crueldad, la represión, los azotes y las ejecuciones públicas contra las mujeres como rasgos distintivos.
Lo anterior es una tragedia para las afganas y para todas las mujeres en el mundo. Somos la mitad de la población mundial y pese a que el movimiento feminista tiene eco en todo el mundo, lo que pasa en Afganistán es un retroceso que atenta contra los derechos ganados por años de lucha, es la imposición del machismo y el patriarcado.
Para sobrevivir al régimen talibán las mujeres deben conseguir burkas, permanecer aisladas en sus hogares y restringir sus salidas a los espacios públicos, pueden salir solo si son acompañadas por una mujer adulta o por un familiar varón. Ellas son principalmente las que sufren las consecuencias de la guerra islámica porque está dirigida en contra de ellas.
Están siendo borradas de los espacios públicos. Las fotografías de mujeres en vallas publicitarias y carteles están siendo censuradas. Juezas, deportistas, activistas, políticas, estudiantes no le es permitido salir a realizar sus actividades cotidianas, solo a algunas médicas se les permite ejercer su profesión.
Las peticiones y manifiestos en redes sociales contra el horror de ese grupo extremista, es una muestra de la conciencia solidaria en el mundo. Sin embargo, no es suficiente. Esta limitada en asumir un slogan, sentimiento o rol benefactor, no en presionar a los gobiernos nacionales para posicionarse en contra de la suspensión de los derechos civiles y políticos de una población entera.
El drama que viven las afganas es igual de terrible que el que vivimos nosotras, en una cultura que anula la condición de sujetos, por ello la horripilante cifra de 11 feminicidios diarios, o bien, la subordinación a los hombres, en el papel de sumisas, obedientes, las que les servimos.
De la misma manera que, para completar el círculo patriarcal, las minorías sexuales son perseguidas, humilladas y hasta encarceladas o ajusticiadas. No olvidemos que el gran desafío político del siglo XXI es la desigualdad creciente, alimentada por factores como el neoliberalismo económico o la crisis climática.
El único elemento en común de las múltiples experiencias y contextos que podríamos citar aquí, es que las mujeres son las principales víctimas, las más violentadas, las más negadas, las que siempre se convierten en los cuerpos sobre los que el vencedor esculpe sus reglas.
Si algo nos pone en evidencia el horror de Afganistán, pero también el dolor de los cuerpos en fuga en el Rio Bravo, la desesperación de tantos y tantas en nuestro país, en América del Sur, es el fracaso de un modelo civilizatorio (capitalismo), y con él, de derechos humanos, articulado sobre tres lógicas que se retroalimentan: la patriarcal, la estatal y la occidental (colonial).