A propósito del 28 de septiembre, día de la Acción Global para el Acceso al Aborto Legal y Seguro.
La mayoría de las personas no pueden pensar en el aborto sin evocar (yo lo hacía) la idea de un bebé siendo desmembrado, lenta y dolorosamente.
Eso se debe a la manera en la que fuimos educados propiciada por la hegemonía de un culto en el que las mujeres deben cumplir ciertos estándares de comportamiento.
Recordemos que en México según el último censo de población del INEGI publicado en 2016, el 82.9% de la población es católico, apostólico y mexica- no romano-.
Con ese antecedente y un sistema educativo en el que pesan más las creencias personales de los docentes que la ciencia, es normal que muchos tengamos en la memoria como nuestro primer acercamiento a ese tema, el video de un feto como de 7 meses de gestación siendo succionado por algo que parecía una aspiradora.
Y déjeme le cuento querida lectora, lector, como fue en lo personal aquella traumática experiencia. Cursaba yo segundo semestre de preparatoria cuando nuestro profesor de Biología –un doctor orgulloso de pertenecer a un muy activo grupo de oración- nos hizo ver aquello, que instantáneamente catalogué como una masacre.
El maestro, un hombre dedicado a la medicina de unos 50 años entonces, hizo cerrar las cortinas del pequeño salón donde estudiábamos alrededor de 30 jóvenes cuyas edades oscilaban entre los 15 y los 20 años. Haciendo cara de Jesús al borde del sacrificio, el doctor Saúl puso en la videocasetera aquella cinta que según él, era la pura neta del planeta en el tema de la interrupción del embarazo.
Un asesinato, un vil y horroroso homicidio, no se cansaba de repetir el buen varón, mientras acomodaba una expresión seria y compungida en su rostro. Se imaginarán el impacto que tuvo aquello.
Es más, aún no puedo olvidar la cara de aquel pequeño que según nuestro maestro pedía auxilio. Muchos no aguantaron y dejaron escapar sinceras lágrimas de indignación contra aquellas mujeres capaces de matar a sus hijos que para coger sí eran buenas.
Nótese que entre todo el escenario del prejuicio siempre parecía que las mujeres se embarazaban solas, no había machos juzgados duramente, su responsabilidad era (es) invisibilizada porque recordemos –nos lo repetían hasta el cansancio- que el hombre llega hasta donde la mujer quiere.
Y luego maduré como pude. Empecé a relacionarme con otras personas con historias a veces desgarradoras y muy diferentes.
Luego quise saber más y entendí que el feto es incapaz de sentir nada antes de las 12 semanas de gestación porque su sistema nervioso no está desarrollado y por ende no habrá en el aborto un lastimero grito de auxilio ahogado en el silencio por el líquido amniótico. También me di cuenta que en todas las legislaciones existentes en ese rubro el aborto está permitido hasta ese límite gestacional
Me di cuenta que los embarazos se interrumpen todos los días bajo negros mantos de clandestinidad y que a las mujeres y niñas sometidas a ellos, les vale madre mi venia o desaprobación.
Lo hacen y lo seguirán haciendo porque se sienten incapaces de enfrentar SOLAS algo que no planearon.
Sé que sentirán angustia y miedo porque saben que arriesgan su vida ante un procedimiento que podría ser inseguro e insalubre.
Además, saben que comprometen su libertad como ocurre en zonas marginadas del sur del país, donde decenas de mujeres enfrentan penas de hasta 10 años de prisión, por denuncias por abortos clandestinos. Y lo peor, es que esa nefasta suerte se acentúa si son pobres. Es inconcebible e indignante que el estatus socioeconómico, sea la principal variable de quienes enfrentan cárcel derivado de interrumpir su proceso de embarazo
Incluso hay mujeres presas que tuvieron abortos espontáneos sin que la autoridad se haya tomado la molestia de investigar si fue natural o no. No es justo.
Por todo eso y porque no me corresponde a mí, simple ser mortal, el papel de inquisidora en vidas y decisiones ajenas en cuyos zapatos no estoy, exijo que el aborto sea legal, seguro y gratuito para todas.
Exijo que la autoridad deje de poner el interés de las mujeres y niñas bajo prejuicios. Que la pobreza, la ignorancia y los dogmas religiosos no sean impedimento para que una mujer siga adelante sin tener que cargar con un ser humano que no desea.
No es justo para los niños nacer en hogares donde no fueron deseados. Es triste que se les llegue a endilgar el estigma de castigos impuestos a mujeres que ejercen su derecho a una vida sexual activa, libertad hasta ahora exclusiva de los varones cuyo actuar en ese sentido nadie juzga, es más, se aplaude.
Dejemos la hipocresía y demostremos que podemos ser un poco más empáticas y empáticos y no tratar de imponer nuestras maneras de pensar emitidas desde una zona de confort que no aquilata las realidades ajenas ¿No creen?