Hoy que estamos en casa bajo esta nueva lucha me permito recomendarles, si ustedes así lo desean, buenas lecturas y música excelsa que los acompañe durante este periodo.
Qué mejor motivo que guardarnos con el compositor austriaco Gustav Mahler (1860-1911), quien es quizás uno de los más grandes genios en la historia musical de la humanidad.
A Mahler, la vida le fue arrebatando muchas cosas que eran de su predilección para darle grandes enseñanzas; el maestro tuvo todo y lo perdió todo, desde su hija, el cargo de director de la Ópera Imperial de Viena, su salud y sufrió la infidelidad de su esposa Alma.
A pesar de ello, en vida, el maestro alcanzó enormes satisfacciones personales, aun cuando siempre consideró que su momento estelar ocurriría tiempo después de su muerte.
En efecto, el éxito de Mahler como compositor comenzó a verificarse alrededor de la década de los 60 y 70 del siglo pasado cuando directores como Leonard Bernstein grabaron e interpretaron las sinfonías del compositor austriaco de manera que en este momento es uno de los autores consagrados por varias razones.
La música de Mahler nos habla del cielo pero en mayor medida de la tierra, aquélla a la que en este momento debiéramos consagrar en nuestros corazones para agradecerle que nos haya dado la vida, y luego ofrendarle todos nuestros perdones en un momento como el actual.
Mahler lo sabía bien. Su primera sinfonía comienza con un trémulo susurro de luz en La mayor. Ahí encontramos el despertar de las fuerzas de la naturaleza, claridad que no lo abandonará jamás en ninguna de sus composiciones incluidos sus ciclos de canciones.
Mahler es el músico de verano que, desocupado en esa estación, vuelve a casa para pasar la temporada al lado de su esposa e hijas para componer, en una cabaña que se mandó construir cerca del lago de Steinbach Am Attersee.
De esa pluma maravillante brotaron las notas de las sinfonías 3 en adelante; en esta obra, el compositor va en pos de todos los secretos de la naturaleza a cada uno de los cuales brinda una serie de atributos específicos.
Alaba a las montañas, se enamora de la floresta y su multicolor tapete de esencias, indaga la vida de los animales del bosque, le canta a la noche con sus mil misterios, a la mañana angelical y, al final, posa la mirada en el mapa celeste para comprender que toda la sabiduría humana es nada ante los ojos amorosos de Dios.
Esta sinfonía se titula precisamente Sueño de una mañana de verano.
Mahler, ese músico que describe de manera monumental todos los pormenores de la vida, desde los nimios hasta aquellos que nos proponen la enorme alegría de vivir, algo que esta humanidad había venido perdiendo durante los últimos años, admitámoslo, nos devuelve en este momento esperanzas de luz, de color y belleza.
Por ese es un autor de temple acerado que unifica al cielo con la tierra y nos hace vibrar interiormente hasta desgarrarnos el alma o congraciarnos justamente con la naturaleza, con Dios o con nosotros mismos.
Sus pasajes son de entrañable belleza como en el caso de la Sinfonía número 2 Resurrección, en donde habla de este tránsito material de vida como un hecho diminuto ante la grandeza de la esperanza en la existencia ultraterrena. Qué quieren que les diga. Así es Mahler.
Construye armonías exquisitas sobre las bondades del cielo y, como todo buen Cáncer suele ser infinitamente mordaz y llevarnos del dolor de la desesperanza a la felicidad plena y radiante de la vida.
Alaba el amor por su esposa, a quien nos la describe –musicalmente hablando- como un ser radiante y lleno de bondad, recuerda con inconsolable dolor la muerte de su hija, nos narra el ruido de los cencerros del ganado en la parte alta de un momento y se desploma envuelto en lágrimas frente a nosotros no sin antes invitarnos a volver a la batalla con las mejores herramientas de la vida.
Nos confunde de un momento a otro, nos quita elementos musicales que considerábamos definitivos y nos los retrueca por otros no sin antes bromearnos más.
Nos exalta ante un edulcorado romanticismo mediante valses que son mordaces y al final nos devuelve a la pura esencia humana dándonos la esperanza divina y la salvación de nuestros estertores al devolvernos a la paz de la madre tierra, ésa que hoy sufre con nosotros.
Al final, temeroso de que la muerte la sorprenda al concluir la Novena sinfonía, compone una obra intermedia, La Canción de la Tierra, que es como la Décima, para no correr la suerte que tuvieron otros músicos de morir al terminar sus novenas: Beethoven, Dvorak, Bruckner.
Hay un pasaje divinizante en esa Canción de la Tierra que muchas veces Kathleen Ferrier interpretó al lado de Bruno Walter, amigo de Mahler: La cantante no pudo concluir al final su parte porque las lágrimas se lo impidieron en aquel fragmento que habla de la eternidad de las fuerzas de la naturaleza en alemán. “Ewig” para siempre. Todo volverá para siempre, incluida la Tierra.
Walter interrumpió el concierto y le dijo a la solista: “Si todos tuviéramos la mita de que lo que ella llevaba en su corazón, el mundo sería distinto”.
Al final de la Novena, Mahler se despide del mundo; el último movimiento, lento, nos lleva a esa proximidad del autor con su destino. Nos lo pone cara a cara. La vida de Mahler se va apagando lentamente mediante el susurro de las violas hasta que éste se diluye en la eternidad, marcado stersband, en alemán: Desvaneciéndose.
Por esas razones, hoy más que nunca quedémonos en casa. Mahler está en las redes. Escuchémosle, seguro que nos va a acercar a todo aquello que en verdad vale la pena, incluida la Madre Tierra, Dios, nosotros mismos.