En la devastadora tormenta, el capitán del barco se ha arrojado al agua

Estos días son días de una incertidumbre inédita para quienes hoy habitamos este país (y el mundo), no lo habíamos vivido. Nos ha sacado de nuestra zona de confort y nos ha mantenido en un abrumador estado de alerta: ¿Qué va a pasar con la crisis sanitaria? Si enfermo ¿habrá camas suficientes? ¿Qué va a pasar con la economía? ¿Qué va a pasar con mi empresa? ¿Qué va a pasar con mi trabajo?

Queremos respuestas que palíen nuestra incertidumbre. Tristemente esas respuestas no van a llegar pronto porque ni los más avanzados epidemiólogos ni los economistas expertos egresados de alguna universidad de la Ivy League están completamente seguros de lo que va a pasar. Pero eso sí, al menos podríamos esperar a que las autoridades tomaran tales o cuales medidas para paliar aunque sea un poco aquello de lo que sí estamos seguros: que la contingencia generará un impacto (no muy agradable) en nuestras vidas.

El problema es que, a juzgar por el comunicado que dio López Obrador el domingo, ello no ocurrió. Incluso la incertidumbre se acrecentó ya que el mensaje que recibimos fue demoledor: olvídense de apoyos a empresas (incluyendo pequeñas y medianas), mi cabeza no está siquiera en la emergencia del Covid-19 sino en salvaguardar mi proyecto de nación.

Y no se trataba siquiera de salvar a las grandes empresas, sino a aquellas que están en condiciones muy vulnerables: aquellas pequeñas y medianas empresas que tal vez no aguanten más de un mes sin operar, aquellas que habían sido creadas para sacar adelante a la familia y que emplean a muchas personas, aquellas cuyos dueños no pertenecen a la élite económica del país ni tienen reuniones periódicas con López Obrador en Palacio Nacional ni mucho menos aquellas, como las de Ricardo Salinas Pliego, que obtienen dividendos del gobierno actual.

No solo no hubo apoyos, sino que les recordó que deben seguir pagando el sueldo íntegro a los empleados mientras no operan. La verdad es que en México muchas empresas y negocios no pueden dar el lujo de hacer eso y solo les queda cerrar, lo que implica que esos empleos se van a perder. ¿Por qué el gobierno no pensó en dar incentivos a las empresas o protección a los empleados para que pudieran sobrellevar la crisis y no tuvieran que verse en la necesidad de cerrar o despedir gente como se está haciendo en otras latitudes? Porque tal vez no sea lo que más le importe a López Obrador el día de hoy, porque lo que más le preocupa es su proyecto de nación.

En ese comunicado, que decían que marcaría el destino de la 4T, López Obrador se preocupó más por comunicar sus logros como si fuera uno de sus tantos informes. La retórica simplona y el discurso moralista dentro de una puesta en escena que buscaba emular la soledad del Papa Francisco en la Plaza de San Pedro, esa retórica que ha repetido una y otra vez, fue lo que sobresalió; lo del coronavirus fue casi secundario. Lo importante era Santa Lucía, Dos Bocas y el Tren Maya, incluso un día después en el Diario Oficial de la Federación se expidió un decreto donde, a pesar de la contingencia, estableció una excepción donde el trabajo dentro de sus grandes obras no serán suspendidas..

El mensaje fue tan decepcionante que la reacción de aquellos intelectuales y opinólogos de izquierda (exceptuando, claro, a quienes se encuentran dentro de la nómina) fue devastadora. Unos lamentaron que no hubiera un plan siquiera para contener el impacto económico, otros dijeron que el mensaje había sido profundamente lamentable. Pareciera que López Obrador ha perdido contacto con la realidad. Ya había dado indicios de ello cuando ocurrieron las manifestaciones de las mujeres, pero ahora se ha agravado aún más porque en un momento en que el liderazgo es crucial, López Obrador simplemente ha desaparecido y se ha recluido, casi como mecanismo de defensa, en su propia retórica tan predecible y en su proyecto de gobierno que, ya viciado de origen, ha sido arrastrado por el difícil contexto que el mundo de hoy vive.

Y cuando en la tormenta los pasajeros se percatan de que no hay nadie frente al timón, lo único que les queda es ponerse a rezar.

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