La marcha del 25 de noviembre, con motivo de la no violencia contra las mujeres, volvió a ser punto de discusión entre todos y nuevamente se debe a que la gente, tanto hombres como mujeres, cuestionan los actos vandálicos que las manifestantes llevaron a cabo en monumentos públicos.
No resulta que en una sociedad con una cultura machista milenaria, cualquier acto hecho por mujeres sea severamente cuestionado y castigado. En la dinámica social patriarcal debe ser agudamente analizado todo aquello que las mujeres hagan o dejen de hacer, puesto que no es culturalmente bien visto que estas hagan cosas que “no son propias de su sexo”.
La ideología machista se ha convertido en un modelo cultural que no siempre se cuestiona. Dentro de los círculos feministas hay incluso prácticas de dominación sobre las mujeres que suelen pasar desapercibidas, y que, sin embargo, no demeritan el movimiento, puesto que, actualmente hay diversas posturas, es decir, hay feminismos y estos son un pensamiento en construcción que, a su vez, permite la autocrítica.
No obstante, también es cada vez más evidente la necesidad de los hombres de protagonizar incluso en los procesos feministas. Más de uno suele levantar la voz para opinar si estuvo bien o no determinados actos de mujeres, para decirse aliados o feministas, sin caer en cuenta que con esto solamente reafirman su machismo.
Ante la situación actual, en la que las mujeres están tomando con mayor frecuencia las calles y reclamando igualdad y seguridad, derechos humanos fundamentales, muchos son los hombres que se sienten agredidos o, en el mejor de los casos, identificados, y sin embargo, indudablemente la mejor actitud que podrían tomar al respecto es el silencio, y no porque los feminismos atenten contra su libertad de expresión o porque se postule una androginia, sino porque este es un movimiento de mujeres para mujeres. No debería ser tan difícil de entender esto.
Las mujeres tenemos ante nosotros todo un contexto que constantemente nos amedrenta, nos violenta y nos confronta contra todo y contra todos. Por ejemplo, en pleno siglo XXI, se siguen llevando a cabo cértamenes de belleza de mujeres para las ferias patronales, acto repulsivo que fomenta la competencia entre mujeres, lo cual tiene sus raíces en el deleite del hombre. Para la Feria de Guadalupe, aquí en Zacatecas, este año una de las concursantes es una deportista que padece síndrome de Down. Si bien en este caso se conjugan diversas condiciones de una mujer, lo que realmente impera es la competencia, es decir, si una mujer es mejor o peor que otra, lo cual siempre es y será una disputa repugnante.
Muchos han querido fomentar la idea de que las mujeres no deben competir por belleza, que más bien hay que hacerlo por méritos intelectuales o de resistencia física. Cualesquiera que sea el caso, esta dinámica de medir una respecto de otra seguirá siendo una práctica pensada en una perspectiva de complacencia machista.
¿Sucede lo mismo respecto de las competencias entre hombres? Por supuesto que sí. Ellos siempre han sido los sedientos de ser más que el otro, de demostrar fuerza y potencia ante otros como un símbolo de virilidad. La idea de derrocar al hombre es tan hombruna como las cosmogonías mitológicas, con sus héroes invencibles y sus villanos atroces.
Ante este tipo de violencias machistas, nadie se queja, nadie reclama. Todos parecen conformes. Ante estas situaciones verdaderamente vergonzosas en las que los seres humanos tenemos que competir para no sentir que nos degradamos en un sentido inferior a la raza casi nadie rechista.
El punto es, y parece que seguirá siendo durante algún tiempo más, que las mujeres deben comportarse como antaño habían sido: calladitas y bien portadas, porque así se ven más bonitas, es decir, que la belleza no siempre tiene que ver con lo físico, sino con complacer… entonces ¿qué sentido tendrían los cértamenes de belleza? El mundo no quiere mujeres gritonas y con los pechos de fuera, ni rayando el patrimonio de la nación.